En los últimos días se me han vuelto muy comunes las conversaciones en torno a la licencia de conducción, pues con ánimo de dejar el bus como medio de transporte he venido reflexionando sobre la aciaga idea de conseguir carro. Atrás quedarán las épocas infelices de tener que esperar el momento exacto para tomar la conexión que nunca se desviará, y digo infelices porque después de una vida entera de haber sorteado los buses de mi país, que paraban donde se les daba la gana (en medio de charcos, por lo común, y diez cuadras después de donde uno había timbrado) con mariachis destemplados, yerbateros, vendedores de maní, rateros, secuestradores, desplazados, coje culos, huérfanos perdidos, poetas desdichados, borrachos llorones, cuentachistes, el señor que cada ocho días le dan de alta del ejercito y no tiene para el pasaje para volver a su pueblito natal, la señora que no tiene con que sacar a su hija enferma del hospital y lo peor de todo: el cuentito amañado de déme cincuenta y le doy cien que es que me quedé sin sencillo; esto sumado a toda una gama extra de atractivos folklóricos no me queda otra sino sentir que el bus de acá, aunque seguro, es aburrido, y que por eso hay que echarle mano al transportation, (que es como llaman displicentemente a los carritos del 96 para abajo). Afortunados aquellos que trajeron carros nuevos como emblemas de una mejor vida y desafortunados, otros, que por haber llegado directamente del tercer mundo ni carro ni licencia. Y no es que no hayan tenido licencia en sus países de origen, no, lo que pasa es que aquí al igual que en Estadios Unidos todo lo que este de México para abajo es selva, y no importa si usted fue piloto de carreras, dueño de una academia de conducción o chofer de buseta (o Transmilenio, en el caso de los más avanzados) tiene que comenzar igual como se comienza todo acá, desde cero; por si fuera poco, y por ende lo peor, es que las aseguradoras están completamente de acuerdo con la política de desconocimiento total y es ahí cuando realmente se inicia el padecimiento para el inmigrante. En el caso de los que andan por la asistencia social todo comienza con una historia a la trabajadora social que reza más o menos así: “Es que usted sabe, nosotros venimos de un país tropical y el invierno nos da durísimo, mire que yo tengo un hermano en los Estados Unidos que nos va a dar una platica a manera que regalo”. De ahí en adelante lleve recibos de gasolina y evolucione para el seguro. Y no es que sea mentira, pues hoy en día, debido al éxodo de latinos tan alarmante casi todos tenemos un hermano o hermana en Estados Unidos y, pa’que, el invierno nos da durísimo. Pero en esa primera fase la cosa es técnicamente sencilla, lo duro comienza a continuación: dos piezas de identificación, al menos una con fotografía, bien sea tarjeta de ciudadano, tarjeta de residente, pasaporte o licencia de la jungla o país de origen (pa’ ellos es lo mismo), $10 para el test de conocimiento (el cual toca aprender de una cartilla que obviamente no entendemos por aquello del ingles), licencia por 5 años $50, examen para G1 $40 y espere un año para presentarse por la G2 que vale $75, que si se lo tira vuelva y pague, que hay que tanquearle el carro al vecino para que lo preste para el test de ruta porque el “transportation” no solo da pena llevarlo sino que con ese lo reprueban a uno antes de subirse, que si tiene licencia con varios años de xperiencia puede presentarse por la G (siempre y cuando ya tenga la G1) y si no debe tener la G2 y aguardar otro poco de vida (pero no lo haga en London porque son muy pocos los que lo pasan a la primera) mejor dicho un enredo. Ahora viene lo peor: examen de emisión de gases (si esta muy de buenas y su carrito viejo no anda como mi abuelita, que se fuma dos cajas de cigarrillos al día, son menos de $100), safety (en este se le pueden ir desde $70 si su carro cumple con todos los requerimientos de seguridad hasta convertir aquella ilusión en comida de deshuesadero cuando le determinan que el arreglo lamentablemente vale más que el mismo carro (aunque un mecánico astuto nunca le dirá eso a la primera, pues lo irá desangrando hasta llevarlo al punto donde usted termina por escribirle una carta a su Case Worker, con el mismo dramatismo del regalito del hermano, pero para que le envíe directamente el cheque al taller). Ahora lo peor de lo peor: seguro de accidentes, este es capitulo aparte, pues si usted es un hombre que maneja un Buick, que es el carro menos robado, y no le han puesto una infracción en 20 años, pagara aproximadamente $600 al año, si no, aliste más o menos de $200 a $240 al mes dependiendo de su grado de civilización o mejor dicho desde cuando tiene licencia de por acá, además ahí le enredan a uno el seguro de la casa, el de las joyas de la familia (que en mi caso no pasan de un escapulario), los cachivaches y un montón de cosas que lo hacen sentir a uno como si fuera rico, todo con el propósito de arrancarle otros $20 o 40$ extra. Ahora viene el impuesto, en esta parte es muy importante que su carro no sobrepase los $900 para evitar el delicioso 8% que el buen estado utiliza para devolvérnoslo en forma de cheque cada fin de mes a los que recibimos ayuda. Súmele también el valor de las placas y por ultimo los líquidos y aditivos especiales para el invierno, que la cosita de quitar la nieve, que las cadenitas de las ruedas, que el ambientador de pinito, los dados de peluche y el cucharón verde en la palanca de los cambios si se es de gusto refinado, por no nombrar los cincuenta mil arreglos que hay que hacerle y que se reproducen como conejos cada vez que nos da por revisarle el motor. Sin embargo ¡Animo! no hay que desilusionarse, pues el carro es como… adivinen quien?: un mal necesario
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Estoy casi seguro que pocos saben o les interesa saber dónde vive Santa Claus o Papá Noel, como quieran llamarle; a mi por ejemplo me importa un carajo, pues todavía sigo siendo Colombiano, y pobre, y por lo que a mi concierne los regalos me los sigue trayendo el Niño Dios. Sin embargo a manera de información los pondré al tanto del domicilio del viejo barbuchas: Rovaniemi, capital de Laponia, un pueblo finlandés, situado en el Círculo Polar Artico, donde según la tradición desciende desde la montaña donde vive para llevar regalos a los niños. Por supuesto pondré al tanto, también, a aquellos afortunados (y digo afortunados porque allá por mi tierra el que recibe regalos de Papá Noel lo es) de la dirección o paradero de su principal rival comercial en el negocio navideño, que es tal vez el más lucrativo, por cierto. Pongámoslo de esta manera: hay unos 2.300 millones de niños en el mundo y aunque no nos ocuparemos de los niños budistas musulmanes, hindúes, judíos y extremadamente pobres, con una cifra reducida a un 15% del total siguen siendo unos suculentos 345 millones. Tomando una media de 2,5 niños por hogar, estamos hablando de unos 138 millones de hogares y suponiendo que en cada uno de ellos, haya al menos un niño que se haya portado bien para que amerite su visita, aunque a Papá Noel realmente eso poco le importa, el resultado es un inestimable mercado que hasta al mismísimo Bill Gates le hace pasar saliva. Algunos pensaran que voy a citar a los Reyes Magos, muchos de ellos mexicanos por cierto, pero no, y aunque la competencia ha sido dura el principal rival del barbuchas es ni mas ni menos que el Niñito Dios. Hay van algunos datos para que lo vayan conociendo los que no lo conocen: Domicilio: Calle 27 Sur No.5a-27 barrio 20 de Julio Bogotá-Colombia. Ahí no hay montañas nevadas ni perendengues de enanitos, duendes y renos, bueno enanitos si, uno que otro pidiendo limosna en la entrada de la iglesia, y renos, pues no, pero si caballos, envejecidos por la tortura de jalar unas carretas (zorras) todo el día, que se parquean en el perímetro de la plazoleta con el arresto de una limosina. Producto: a decir verdad es un poco tacaño, juguetes de madera como trompos yoyos y carros de lego criollo, muñecas de fabricación nacional, de esas que abren y cierran los ojos según su posición, pendejaditas hechas a mano, camisas de la selección de fútbol, preferiblemente chiviadas, y eso si muchos balones de microfutbol, de los amarillos. Eslogan publicitario: Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Juan 14,13. (Entre otros) aunque su imagen se ha visto afectada por hits musicales tales como “El que invento la navidad no estaba solo”, de Darío Gómez o “Mamá dónde están los juguetes” de quién sabe quien. Variables económicas, sociales, educativas etc. de la población a que va dirigido el producto y toda esa pendejada que compone la ficha técnica del susodicho: niños buenos, mayormente abusados o explotados, preferiblemente muy pobres, con espíritu mártir y con el estomago más bien vacío, sin muchas ambiciones y con poco futuro. ¡Upps! Casi que describo un país completo. En fin, donde vive Papá Noel, hace un frío espantoso que nadie siente porque todos están debidamente abrigados, hay una nieve gruesa que solo el que no la ha vivido la añora, no castañetean los dientes como se creyera, de los techos de las lindas casas cuelgan estalactitas como pedacitos de cielo que no sé como nunca han matado a alguien, un lugar inhóspito, las ardillas usan chaquetas Columbia y los lobos son de chocolate relleno; los renos llevan gorritos rojos que rematan en las puntas con unos pomponcitos blancos de lo más maricones, todo es una fabula maravillosa. Producto: para este año se prevé el PS3, el Nintendo Wii o las Barbies y sus variantes de moda, que pueden ser a su vez la Barbie que juega PS3 o la Barbie que compite con Ken en Nintendo Wii, entre otras cosas. Eslogan publicitario: Ho, Ho, Ho. That’s all. Aunque le podríamos sumar algunas de las miles canciones, novelas y películas dedicadas a él, por no tocar la publicidad en todos los medios de comunicación; con decirles que con solo verlo me dan ganas de tomarme una Coca-cola. Variables económicas, sociales, educativas….bla, bla bla: como ya se ha dicho niños ricos o hijos de padres que se creen ricos, si son malcriados mejor. Lo único importante es escribir una carta donde se especifique el nombre del producto que se quiera recibir, el principal, porque este tipo de población suele recibir una cantidad extra de regalos de relleno que no sirve para otra cosa que para preámbulo del regalo mayor. Entiéndase también que las cartas han sido remplazadas por e-mails y berrinches en medio de los centros comerciales con mejores resultados. A pesar de estar atrapado en la globalización de la navidad, de pertenecer a una lengua y tener que hablar otra, de vivir en el pasado de mis tradiciones y sufrir el estrago de las ajenas, a pesar de todo no me acostumbro al pavo y al hielo (el de la gente y el del clima), yo soy de los que todavía andan buscando el tamal y la arepa en la tienda latina y aunque no rezo la novena por la sencilla razón de que no me gusta rezar, confieso que no me las perdía para ir a ver a las hijas de mis vecinas mientras probaba el único vino que mi mama me permitía en todo el año, el cual desde entonces terminaba cambiando por el masato. Papá Noel podrá tener toda la plata que quiera pero me quedo con los aguinaldos, la natilla y los buñuelos que nunca aprendí a cocinar. Solamente imagínense jugar pajita en boca o al beso robado acá en el país del frío, de seguro en menos de un día tendríamos varias demandas por acoso sexual, cuando de niños era la mejor excusa para terminar en los labios de la niña amada. Si, me hace falta, me hace falta pintar un Papá Noel ajeno en la mitad de la calle, la misma calle que tiene un par de zapatos colgados en las cuerdas de la luz y que todavía conserva los siniestros de las navidades anteriores, me hace falta poner algodón en las ramitas del arbolito para que parezca nieve, me hace falta reventar el volador con una sola mano por que la otra esta ocupada con una cerveza que nos ofició el vecino de enfrente desde la ventana, me hace falta estrenar ropa el 24 y el 31 y que la gente se de cuenta que estoy estrenando, me hace falta correr con una maleta y hacer el oso por que quiero viajar, comerme doce uvas y pedir deseos tan descabellados como conocer la nieve real o rellenar un muñeco de pólvora sin que me arresten y me hagan cargos por terrorismo. Y qué de la misa de Gallo, de la fiesta después de la novena, de la fiesta de antes de la novena, de Pastor López, del Binomio de Oro, de la Prima de navidad, de las vacaciones de navidad que no son otra cosa que una vagabundearía de un país entero que a pesar de tener guerrilla, narcotráfico, corrupción política, paramilitares, y de saber que con solo uno de esos males bastaría para acabar con otro país cualquiera, nosotros tenemos los cuatro y todavía después de años seguimos ahí, pa’ delante dándole duro al infortunio los de allá y escurriendo la baba los de acá, con una de esas tragas que no tuvimos ni en el primer amor, un amor de esos fatales de quinceañera que nos hace pensar en nuestro país más que nunca cuando se acerca la navidad. –Me voy a pasar navidad al pueblo. Dice uno cualquiera. –Ahhh que envidia. Es la inmediata contestación.
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En mi pueblo, la idea indígena que a los seres diferentes se le atribuyen características especiales se quedó en eso, en cuentos de indios, porque allá, de donde vengo, si no se es igual a los demás, se jodió. Recuerdo a Belisario, el bobo del pueblo, sin embargo, a decir verdad, el bobo de bobo no tenia nada, el pobre era mudo, peor: sordomudo, aunque yo creo que siempre había poseído la facultad de hablar pero como nunca había sabido como era eso de los sonidos lo único que aprendió a decir fue un relincho fuerte que le sonaba como a caballo, así era como se comunicaba, no importaba si era para contestarle al padre en plena misa, relinchaba como caballo, si era para juguetear con su novia a escondidas, relinchaba el caballo, o para decir que si, relinchaba el caballo y para decir no, adivinen, relinchaba el caballo; no fue difícil entonces en aquel pueblo de desocupados que prontamente le concedieran el titulo representativo de bobo, porque allá, al que es raro, repito, le dicen Bobo así como al que es ladrón Vivo y al que es colaborador Sapo; en fin, Belisario jugaba tan bien fútbol o tejo como nosotros, entendía la lectura tan bien como nosotros, razonaba tan bien como nosotros, pero nunca fue a la escuela secundaria porque su madre se creyó tanto el cuento de que era bobo que al pobre, le impuso la obligación de ser jornalero raso en una finca ajena donde le pagaban con comida, de donde sólo salió para ser carne de cañón cuando su papá, para deshacerse de él, lo regaló a las filas del ejercito nacional un viernes santo; por suerte a bien sus relinchos le valieron lo que el pie plano o la cosa esa que le esculcan a uno entre los testículos, que irónicamente sirve para exonerar a los hijos de los militares de prestar el servicio, ah si el soplo; porque lo devolvieron, y como a pocos: completito, eso como al mes de haberse ido. La guerrilla, en cambio, que no es tan exigente, hizo alarde de aquel refrán que dicta que lo que el rico desprecia el pobre lo recibe con cariño, y una buena mañana arrastraron con él. En eso de tres años se convirtió en el comandante Belisario, alias el caballo, de seguro por eso del relincho. Hace poco, cuando fue dado de baja, en un enfrentamiento con el ejercito, se aseguró que era uno de los lideres intelectuales del movimiento subversivo y ahí, justo ahí, es cuando se me enreda todo. Cómo es que un bobo o un caballo, que al fin y al cabo es primo hermano del burro puede llegar a ser líder intelectual de algo…. Eso exactamente fue lo que pensé cuando apliqué a mi primer trabajo en Canadá, acá en London, allí no más, nivel 5 en reading, 4 en speaking y 3 grammar, fueron suficiente motivo para lanzarme al ruedo; la cosa realmente fue sencilla, tal parece que no muchos quieren trabajar en serio por estos días, aunque la labor intelectual es agotadora, y no lo digo porque haya conseguido un empleo que requiera algo de intelecto, no, pues como ya saben aquí les fascina ver a los doctores limpiando pisos o repartiendo periódicos, (doctores de afuera, por supuesto) sino porque la mitad de las instrucciones que da mi supervisor las debo sacar por deducción, como si fuera un perro entrenado al que al ver girar los dedos sabe que tiene que hacer rollos en el suelo o una gallina que se alborota al ver venir el maíz, si, así es la cosa, 20% de comprensión, sobre todo en saludo y en esa preguntita que tanto nos gusta contestar que reza más o menos así: Where are you from?, en esa siempre me saco un 10 y hasta le meto acento. 30% de deducción lógica, como el perrito y la gallina, otro 20% de repita por favor que no entendí, que solo sirve para darle tiempo a la deducción, por que así nos repitan cien veces lo que no sabemos no vamos a entender y el resto, el resto, es ignorancia pura. Ahora en este momento desearía ser como el bobo Belisario que aunque no hablaba si entendía así contestara como caballo, después de todo para lo que hay que contestar en los trabajos a los que se pueden aspirar Ok Sir basta. No sé donde exactamente es que se enciende la alarma, ni de qué color es, lo que si sé es que hay alguien por ahí que sabe exactamente cuando uno ya esta trabajando, y no hablo de la Case Worker, alguien superior, por que lo hay, créanme; no aseguro que sea Dios, ese debe andar ocupado en su bóveda celeste organizando tsunamis y terremotos en países tercermundistas. Ese alguien es quien nos manda papelitos de promociones al correo, si, que la olla que cocina sola, que la cosita que sirve para hacer empanadas con formas de estrellita, que el champú que alisa el pelo, que el esmalte que no se cae, que el adelgazador que funciona a base de comer grasa; ya saben, dentro de poco vendrá el aceite de Rosa Mosqueta, la crema de concha de nácar y el Jarabe de Noni. Ese mismo es quien llama al banco para que nos autoricen el famoso y no muy bien manejado crédito……. Ha, es aquí donde el mundo paralelo empieza, lejos quedaron tiempos de cargar sucios billetes que nos hacen ver de lo más ordinario, o si no echen una mirada atrás y visualicen al carnicero o al señor de la buseta con aquel suculento fajo mugriento que ni les cabía en la mano, ah, cuantos no añorábamos uno de esos, en fin, porque deben admitirlo que no hay nada mejor que saldar las deudas con Visa o Master Card, o si no recuerden cada vez que pagan algo y la vendedora, con esa mala maña que tienen, vocifera sobre lo que recibe en las manos como si uno no supiera como le esta pagando. Cash dice displicentemente aún antes de recibir los billetes o, en el mejor de los casos, Credit, dejando salir una risilla amistosa al ver el plástico. Para mi esposa y el 90% de las esposas de todo el mundo esa no es otra cosa que un juguetito que milagrosamente se paga solo, por que de ese 90% solo el 1% ayuda a pagar, y por tal razón la tratan sin misericordia. Bien decía mi abuelo que a la mujer hay que mantenerla en los oficios de la casa para que no se dejen seducir con los adelantos del mundo, alma bendita que no le toco esto. Claro que la manera más triste y humillante de adquirir los bienes o servicios no es otra que el Fiado o dígase Fiao, si se tiene más practica o se es más sinvergüenza y cara dura. Aunque no seamos tan duros con esta practica, que no es otra que el crédito que manejamos los pobres, allá donde vivía, con la ventaja que no hay que pagar intereses, solamente atenerse a que el tendero de la esquina, quien es el más común de los fiadores, anote cosas de más en el cuadernito Norma en que lleva la lista de nunca acabar, bajo la promesa sagrada que recibirá su retribución tan pronto como llegue la quincena. En fin lo bueno es que toca pagar de a pedacitos, lo malo, obvio, es que toca pagar.
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La primera vez que se vieron se gustaron pa’que. Sin embargo él procuró no verla demasiado, y menos a los ojos, cuidándose de concentrar su mirada entre la cara y el cuello, que es lo más lejos que puede llegar una mirada a una mujer atractiva sin tornarse vulgar; tenia bien claro, por recomendación de su esposa, que una acción de esas le podía valer la más peligrosa de las culpas. Ella, en cambio, ajena a sus yugos, entendió su discreción como una señal que no podía ser sino de fascinación y, con esa decisión que sólo tiene el pecado, lo encaró. –Ve, y vos, where are you from? – le preguntó sonriente, mezclando con el aire grueso de la música estridente, el más delicioso acento paisa. Juan Carlos dejó a su esposa tres años atrás para irse en busca del sueño americano, la dejó pero no como quien deja un amor perdido sino como quien oculta un tesoro que espera encontrar en las mismas condiciones en que fue escondido. Es doctor, de vacas, como el mismo dice, pero doctor es doctor al fin y al cabo, se ríe. Cuando salió de Colombia no tenía trabajo, ni propiedades, ni plata, por ende no tenía problemas con la guerrilla ni mucho menos con los paramilitares, si al caso con el vecino de la tienda, don Oscar Laverde, recuerda, que era el que le fiaba el desayuno, pero ese era un problema menor que ya sabía lidiar. Se autodenomina coloquialmente un perseguido por la necesidad, al igual que muchos que no tienen la franqueza de aceptarlo. –Por qué esconderlo -comenta -no tener trabajo no es una deshonra en un país con un índice de desempleo tan alarmante como el nuestro, en un país tan grande como América latina –añade como ensimismado, volviendo su mirada a la fotografía de Clarita, su esposa. El plan era sencillo: quedarse un año en Estados Unidos, barriendo, pintando, lavando platos, lo que fuese necesario, sin importar lo que hubiese que hacer, total allá nadie lo conocía, ahorrarse una platica y montar su propio consultorio en Colombia. Todo estuvo muy bien, la visa la consiguió sin problemas, por suerte a bien, y viajó en el tiempo estimado, eso si, dejando a Clarita sumida en la más profunda de las depresiones, pues paradójicamente los asuntos de su visa ya para entonces eran un mal recuerdo. Según comenta la pobre perdió más de veinte libras desde el primer año y sólo vino a recuperar algunas hasta cuando supo que podía venir a Canadá. Ella, una estudiante de sexto semestre de enfermería, y con tan solo 21 años supo entender a fuerza de discursos mal practicados que antes que amor era mejor futuro. La despedida fue lo más cruel, sin llanto, sin nada. Un pellizco duro le marco los dedos al darse el ultimo beso cuando no tuvo otro recurso para darle a entender que estaría bien si aguantaban hambre juntos con tal de que no se fuera –Me quedo muerta. Se le oyó decir. –Te lo suplico, no llores. Fue su contestación. Dicen que las azafatas y los empleados de las aerolíneas delatan a los que lloran demasiado en los aeropuertos porque de seguro serán los próximos en quedarse; en ese sentido aquellos visionarios que solían llevar buses repletos de familiares llorones como oficiantes de su propio entierro o quienes gustaban de contratar mariachis y llevarlos hasta las mismas puertas de American Airlines ahora lo piensan dos veces y prefieren reservarlos para la noche de despedida en la intimidad del barrio. -Los pobres nacemos viejos. Me comenta desairado. –Y los que nos vamos nos morimos en vida. En cierto modo tiene razón; muchos nunca vuelven y con el tiempo van perdiendo el animo de las primeras llamadas, convirtiéndose en fotos alegres que adornan las salas silenciosas de aquellas madres que nunca pidieron ninguna compensación por ser lo que fueron y para las que el Tommy Hilfiger de la ropa que reciben por encomienda sólo representa un nombre complicado que nunca han podido pronunciar bien y por el que no vale la pena canjear los hijos; fotos en el mar, en la nieve, en el mar con nieve, que sé yo, en tantos otros lugares desconocidos que la mayoría de ellas jamás conocerá, voces que hablan desde el mas allá, muertos que hablan y piden la bendición que nunca pedían e invocan a un diosito que a regañadientes conocían por la misa obligada de los domingos, muertos que se han vuelto buenos a fuerza de trabajo duro y dicen las cosas más lindas que nunca dijeron en vida, en casa, por la sencilla razón que nadie extraña lo que no ha perdido. –Todos los que estamos en Canadá somos ricos. Ironiza como cambiando de tema –acá vuelven a florecer los títulos y todo el perendengue que nos quitaron los gringos a punta de ignominias. Lo único bueno es que Clarita no se va a tener que comer la mierda yo que me comí, ese es mi único consuelo…..
-Colombiano. Responde contrariado –I’m from Colombia. Se aventuró con algo de ingles dejando sentir su acento de tercer nivel de ESL.-Y eso? Pregunta ella, como cabalgándose sobre su propia belleza, haciendo referencia al anillo dorado, delatador e intruso, que descuidadamente destella en su dedo.Juan Carlos lo mira con detenimiento como si nunca hubiera estado ahí, luego la mira perturbado y de nuevo lo vuelve a mirar… más de 150 dólares mensuales en tarjetas para llamadas de larga distancia, dos cuentas de Internet llenas de tarjetas electrónicas de gusanito punto com, un Messenger exclusivo para ella y más de treinta cartas obsoletas, de esas que se mandan por correo…Cómo se llama? Ah Si, aéreo, de las antiguas, llevaron a que él desde lo más razonable de su alma acertara con la respuesta más objetiva:-Es mi mejor amiga.
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Siempre detesté ir al campo. Al principio por el resentimiento que da haber sido obligado a ir cuando era pequeño y mis padres determinaban que la pasaba muy bien, mientras mis amiguitos se quedaban en el barrio jugando al papá y la mamá con las niñas que llegaban de la capital por vacaciones prestas para hacer de todo en tierras ajenas, luego porque simplemente eso me creó una especie de trauma que me hizo detestarlo aun más. Por otra parte toda la vida he sido flojo para las labores pesadas, ha de ser porque siempre he sido enclenque, además de torpe, y eso me priva de terciarme bultos encima o manejar el azadón con destreza, por no contar el sinfín de oficios y herramientas propios del agro. Pero luego lo odié con conocimiento de causa, cuando atravesé el continente para terminar los fines de semana recogiendo tomates, pepinos, calabazas, manzanas, flores, tabaco o el famosísimo Ginseng a siete dólares la hora. Ni siquiera he podido saber para que sirve en realidad su tal raicita (porque es una raíz) unos aseguran que produce tan buenos resultados como una pastilla de Viagra y otros, menos licenciosos pero más modernos, le decretan poderes alucinógenos comparables con los de la yerbita que sabemos; lo cierto es que después de un día de recogerla ni siquiera la media librita que uno se lleva (sin pedir permiso) para hacer aromáticas, lo repone, y lo peor de todo es que a la hora del deber se esta tan cansado que ni el Viagra de verdad sirve, y más bien la versión alucinógena se torna más verídica porque prácticamente se pasa toda la noche soñando que se le está recogiendo, en medio de la maleza, completamente enlodado detrás de un tractor que no baja el ritmo, sin que eso cuente como horas extras. Primero estuve en una etapa que llamé condicionamiento económico, 15 días fueron suficientes para darme cuenta que acá no hay plata que alcance, pues los impuestos convierten cualquier billete grande en monedas para el laundry, después de una comprita cualquiera. Por esa época se agotan los ahorros y comienzan a aceptarse las latas como parte del menú, es una lucha dura, pero ellas se imponen tarde que temprano; igual pasa con el Macaroni and Cheese y otras viandas que en nuestro país no vemos nunca. Luego vino el acoplamiento al presupuesto, a decir verdad en ese sigo después de un año de haber llagado y no he podido. Recuerdo que mi mamá siempre salía con la patraña de que si no barría el cuarto antes de salir me iba a ir mal durante el día, recuerdo muy bien, también, que yo agarraba la escoba y empujaba todo el mugre debajo de la cama en un santiamén, no tanto por mejorar mi suerte como por dejar a la viejita contenta. Hasta ahí llegaban mis labores en la casa, y así fue, incluso, hasta cuando me casé, por suerte a bien supe negociar convenientemente con mi esposa y ella se hizo cargo de esa parte que me molestaba a cambio de que yo me ocupara de otras obligaciones menores. La cosa continuó perfectamente hasta cuando cumplí tres años de matrimonio y me vi celebrando solo, trasnochado, con un balde y una escoba, mientras restregaba prácticamente en cuatro patas el suelo asqueroso del John Labatt Centre. Nadie se imagina como puede quedar el estadio después de un concierto de Deep Purple o Pearl Jam en una ciudad como London donde la mayoría de los rockeros son ya de por si sucios cuando no están eufóricos. Ocho cincuenta la hora o nueve, dependiendo del contratista.
Después de pagar la renta (elevada a la razón de 100 dólares en promedio por encima de lo que dan en la asistencia, con el propósito de vivir casi tan dignamente como se vivía antes) el seguro del carro, el Internet, el YMCA, el teléfono de la casa, el celular, si es que se tiene y otros gastitos menores no queda más que echarle mano a los bancos de comida o a lo que sea que nos socorra comida y abrigo como único recurso en orden de sobrevivir. Bendita sea esa panadería de la Dundas que da gratis ese pancito de verdad que nada tiene que ver con el cartón que venden en el supermercado, bueno, el pan que toca comprar por aquello del presupuesto. Personalmente no creo en la reencarnación, personalmente no creo en nada, pero si es que existe yo debí haber vivido, o quizás nacido, en un restaurante italiano en otra vida; la comida italiana es mi alegría, en ese sentido hace un año que no soy alegre, pues eso hace que no me como una pizza o una lasaña, pese a haber repartido cientos de ellas por la zona de Westmount, que era la que me correspondía, pues a cada propina mi esposa ya le tenia oficio para el día siguiente, más de una vez estuve tentado a pedirle a una viejita que era cliente habitual, que a cambio de su monedita de dólar, que era lo que solía darme, me diera más bien un mordisquito. El día en que Katrina subió la gasolina perdí el ánimo y tuve que dedicarme al periódico, ahora gano 20 centavos por cada uno de los que reparto. Así, tal cual le digo a mi papá cuando lo llamo para que se sienta orgulloso de mí: -Estoy súper. Comento -entre semana me ocupo del periodismo al tiempo que atiendo la universidad de Wheable, los fines de semana, mejor, me voy a la finca con unos amigos. A él lo único que le ha extrañado es que después de tanto tiempo le haya cogido gusto al campo.
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Un hombre sumido en la cotidianidad vive sumergido en la inercia de su quehacer diario; la Conservaduría General del Registro Civil es el lugar donde trabaja José, un cincuentón que se dedica a llenar fichas de nacimientos, defunciones y cuya vida pareciera consumírsele poco a poco desde el tedio de su mecánica tarea. Entre tanta monotonía y soledad, José intenta darle un poco de color y emoción a su existencia a través de un particular pasatiempo; se trata de una afición secreta por coleccionar datos de gente famosa que recorta de periódicos y revistas. Un día, José decide completar su colección con datos que saca a escondidas de las fichas del Registro Civil sobre las personalidades famosas que llaman su atención, encontrando traspapelada por casualidad una ficha de una mujer totalmente desconocida y anónima para él; una especie de compulsión lo incita a salir a la calle en su búsqueda y emprende una ardua tarea de investigación a la cual se aferra, porque sino, pareciera que ya no le quedaría más nada que hacer en su vida. -Así ha de sentirse un castrado. Me dijo mi gran amigo Aquilino Román el día en que hablamos por teléfono y le conté los pormenores de la vida canadiense. -Lo primero que le quitan a uno es el nombre. Le dije -Atrás queda toda esa fruslería de los dos nombres y los dos apellidos que tan distinguidos nos hacían sentir. A don José no le gustaban las inyecciones, mucho menos en la vena del brazo, de donde siempre tenía que apartar la vista, por eso se quedó tan satisfecho cuando el enfermero le dijo que el pinchazo iba a ser en el glúteo, este enfermero es una persona educada, de otro tiempo, acostumbrado a usar el término glúteos en vez de nalgas para no chocar los escrúpulos de las señoras, y casi acabó por olvidar la designación corriente, pronunciaba glúteo incluso cuando trataba con enfermos para los que nalga no pasaba de un ridículo preciosismo de lenguaje y preferían la variante grosera de culo. Allá en el pueblo, de donde vengo, tener un solo nombre no era más que signo de pobreza, como si los nombres valieran, y los pobres que nos aventurábamos a tener dos escogíamos, en ese entonces, un repertorio de lo peor. No era raro entonces que mientras el patrón se llamara Luís Eduardo, Rodrigo Alberto o Francisco Antonio, como los protagonistas de las novelas venezolanas, el pobre capataz no pasara de Eusebio, Leonidas o Martín Abelardo, en el caso de uno menos discriminado. Lo de los apellidos era lo peor, o se tenían o no, y la clave era fácil: si se tienen dos pobre o rico era hijo de sagrado sacramento mientras los de uno bastardo y punto. La cosa no era como acá ni ahora. Otrora eran tiempos de nombres y apellidos, de tanta importancia como para valer de inspiración a Saramago para escribir su obra mejor: Todos Los Nombres. Recuerdo, también, que de un tiempo para acá la gente descubrió con alegría que en el registro no había recargo por el tipo de nombre o la cantidad y fue así como la hija empleada pudo llamarse como la hija de la patrona o la patrona misma, o las dos al tiempo, y a la vuelta de una generación nombres como Camila o Camilo o Laura o Nicolas o Alejandra o que sé yo dejaron de ser de pocos para ser de todos. Tan bueno fue el descubrimiento que aquello de los nombres traspasó las fronteras para atacar incluso el intocable, hasta entones, mercado americano, de ahí que comenzaron a gestarse las abominables mutaciones de nombres extranjeros con apellidos criollos tales como Washington Gutiérrez, Steven Gómez o Melanie Díaz, y peor aún, mezclas sin piedad de nombres compuestos con variedad de idiomas muy comunes en nombres cortos y con la misma inicial tales como Jasón Javier o Jonh José, por no ir mas allá y caer en la más cruel y despiadada combinación lingüística de todas: la repetición de nombres traducidos con sus ídem en español: William Guillermo, Mary Maria o Carlos Charles por no citar joyas como Pedro Pierre o Diana Dayana. En fin, como ya dije los nombres, aunque invaluables para quien los porta son devaluados para el papel, por eso no siendo suficiente con dos hay quienes atacan con tres o cuatro, o con nombres de plantas, o de animales o de humanos que se vuelven animales (el otro día conocí a un joven que portaba el irrepetible Manimal Gerardo, el cual consiente del daño que le habían propinado sus padres, no tenia reparo en hacer la pantomima de mover las palmas de las manos como si se estuviera convirtiendo en pantera cada vez que se presentaba) También está el uso de electrodomésticos mal escritos: Itachi José o Jiuler Pacar Alberto alias Beto el Hp, pero no por hijueputa, o aquel amanerado Soni Manuel que estuvo saliendo con Mani Manuel, otro adefesio de combinación para el que tengo casilla: el nombrecito con nombre completo añadido, muy mariconsito, por cierto. Porque eso si, a la ahora del registro los orgullosos pero ignorantes progenitores se miran los unos a los otros y encogiéndose de hombros colocan aquellas joyas sonoras tales como Michael con un decidido y aventurado Maicol casi como queriendo decir Made in Col.Recuerdo que a las gemelitas Correa, Andrea Nallive y Nini Yohanna, allá en la escuela de la señorita Mery Grazt, solo bastaba con mandarle saludos a su distinguido padre para bajarle los humos –Me saludan a don Clímaco. Les decíamos, y ellas, arrogantes congénitas, no pudiendo con la ignominia del nombre de su padre, como si fuera más bien un insulto, tenían que tragarse su alcurnia porque o si no, nosotros, los más pobres del salón, los hijos de Pedro, Ramiro o Mauricio, las despachábamos con una atención también para con su distinguida progenitora –Y por ahí de paso nos saludan a doña Teofilde. Jaque mate, que las dejaba fuera de lugar. Ahí no había groserías ni nada era más efectivo para aplacarlas, nunca supe de un agravio tan bien educado. A mí, en cambio, me habían enseñado desde muy temprana edad que el renombrado político y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza no era otro que el portador de un nombre sin par, o mejor dicho con par pero sin igual, por eso cuando me preguntaban como se llamaba mi padre yo respondía con orgullo liberal Plinio Eduardo. Con el tiempo aprendí que allá en el pueblo un plinio era lo mismo que un guarapo y por eso mis mejores amigos estuvieron deteniendo cada uno de mis alegatos con la misma determinación con que le mandaban saludos a los padres de las señoritas Correa, citando el renombrado -Saben qué mejor tomémonos un plinio, seamos amigos. Por eso de un tiempo para acá termine por responder –No, él se llama Eduardo, a secas. Igual que yo acá ahora soy Juan, a secas, por que aquí todos somos así: canadienses, a secas.
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En el aeropuerto internacional de Bufallo (USA) tomé un taxi al azar, un Ford crown victoria, igual a los que usan de patrulla los temidos States Troopers. De inmediato mi tez caribe hizo lo suyo, pues el taxista, un abuelo moreno y cansino, se adelantó a las indicaciones que venía cocinando desde el avión y me reveló en español limpio: Amigo, si va a Vive La Casa son treinta y cinco dólares. Veinte minutos más tarde, cuando estuvimos en el caserón 50 de la avenida Wyoming me terminó de pormenorizar de forma catedrática los peores pasajes del acontecer colombiano, era evidente que había transportado a muchos paisanos. Todo fue tal cual me lo había descrito mi primo por teléfono la tarde en que amasé los primeros anhelos de refugiarme en Canadá, e igual como se lo había descrito a él, en su debido momento, otro peregrino más que hilaba la cadena de colombianos buscadores de paz en mejores tierras. -Allá no se va a hacer plata, sino familia- Fue su sentencia más acertada.
La Casa es una organización sin ánimo de lucro que vive de caridad y trabaja en apoyo, pero sin control, de los gobiernos de los Estados Unidos y Canadá. Funciona en el caparazón herido de un vetusto establecimiento cristiano que sienta sus bases en un antiguo barrio afro americano que por momentos evoca las tristezas sociales del mal recordado Cartucho. Su función vital radica en ayudar a los viajantes de todo el mundo a concertar una cita con el servicio de inmigración de Canadá, además de dar albergue y comida a quienes no tienen dinero suficiente para costearse el hotel. Su política más conocida es “Como van llegando se van atendiendo” y no hay manera de reclamarla, y de eso puede dar fe la hermana Raquel, guardiana inexorable de la ley de prioridades, ya que además no tienen ningún control sobre las citas otorgadas por el servicio Canadiense, y en cuanto al albergue, permanecen tan llenos todo el año, que simplemente el hacinamiento va tomando sus propias disposiciones. Muchos llegan del interior de los Estados Unidos con la única intención de arreglar su estatus migratorio, la mayoría viaja desde Florida y New Jersey luego de dejar atrás una vida entera de trabajo arduo, de sueños retrasados y de aplicaciones fallidas. Ellos se reconocen, no solo porque la mayoría llegan en vehículos particulares con niños hablando en perfecto ingles sino porque de seguro las ignominias a las que se vieron sometidos los hicieron convertir en personas más sencillas, más practicas, que si hay que acomodarse en un rincón, listo, se acomoda, que toca comer aquello, qué se le va a hacer, se come. Los que vienen de Colombia son distintos, se reconocen a leguas porque carecen de habilidad para desenvolverse en las novedades de la ciudad, no saben todavía como marcar con tarjetas prepagadas y les cuesta trabajo habituarse a la sistemática del bus, no se animan a aventurar por las calles no va y sea que se pierdan en los estrabismos de los nombres anglosajones, además están cortos de dinero para salir a pasear, pues al cambio sus devaluados pesos no significan nada, basta verlos pagar por una compra cualquiera para advertir su reacción mordaz cuando hacen el cambio mentalmente, -¡Cómo así, un paquete de Marlboro sale por 14.850 pesos¡- Gruñó el profesor de matemática Jorge Gamboa el día en que decidió cambiar de marca luego de 23 años de fidelidad a la Phillis Morris. Otros en cambio todavía conservan sus complejos clasistas que los hacen sentirse diferentes, sentirse superiores, ¡Yo me gradué en la Javeriana¡ se escucha decir a pleno grito y sin que venga a colación, como si a algún emigrante desprevenido le interesara. El colombiano que ha vivido en los Estadios Unidos paradójicamente como ha tenido que ganase la vida en los trabajos mas duros está blandito, ya botó todo esa pendejada de creerse de mejor familia dice el doctor Benjamín Correa, ex director de alguna clínica importante de la costa atlántica, quien los tres últimos años estuvo trabajando como empleado de la compañía de aseo de un colombiano legal, quien con su bachillerato sin terminar corrió con mejor suerte porque se casó con una puertorriqueña urgida de dinero fácil que le dio el status legal por seis mil dólares que le financió durante el proceso legal que duró dos años. Su recuerdo más molesto fue aquella vez que le gritó: A trapear doctorcito que el reinado se le acabó. Desde entonces soñó con homologar su carrera, eso si, aprendiendo primero el ingles, como todos los demás profesionales que llegan recién graduados con sus conocimientos fresquitos para quedarse para siempre. Lo malo es que las trabas legales en las universidades son insalvables y las tarifas impagables, además nunca hay tiempo para estudiar el idioma, pues es bien sabido que los horarios de trabajo no dan tiempo para nada. La mayoría lo intenta, pues es gratis, pero luego de dos o tres semanas desisten por la sencilla razón que no se ha podido aprender nada. Están muy cansados para pensar. -Lo peor de todo es que no se aprende el Ingles y si se comienza a olvidar el español- Insiste -El riesgo es volverse mudo-
Entre los muy contados desplazados reales aparecen dos hermanos caleños cazadores de ciudadanía canadiense que vienen con orden de deportación desde Miami -La cosa es sencilla- Dicen con mucha ingenuidad y algo de desfachatez -Hay que alegar que uno está perseguido por los paracos, poner a revolar a la gente en Colombia por pruebas y listo, papeles en dos años, y lo mejor de todo es que por cada hijo que uno tenga le dan como que 1000 dólares y lo mantienen hasta que uno quiera, ah y eso no es nada, cuando le den la ciudadanía, sencillo: se devuelve uno pa´ca- En un segundo todos esbozan en su rostro la felicidad perdida desde siempre ante la inminencia de la tierra prometida. Sin embargo la realidad es diferente, si bien es cierto que Canadá es un país por poblar con un éxito de elegibilidad para los colombianos que raya el 40%, hay que tener en cuenta que su conocimiento sobre la situación de nuestro país supera por mucho a la de la mayoría de nosotros, que desde siempre desviamos nuestra atención a distractores efímeros como si en Macondo no pasara nada.
Solamente es un refugiado una persona que tiene miedo de persecución debido a su religión, nacionalidad, opinión política o a su asociación con un grupo social, no tiene que ver con dinero, por más dramático que sea el suceso. No es elegible quien ya haya adelantado un caso de refugiado con sentencia fallida en Canadá, quien tiene un status de refugiado o de asilado político en otro país seguro o quien tenga un record criminal. La cita dura cerca de veinte días, los cuales se pueden aguardar en el albergue, si se corre con suerte de encontrar cama disponible, o en alguno de los hoteles que aparecen en una lista con descuento para transeúntes de La Casa, los cuales han vivido durante años gracias a las marejadas de desterrados mundiales que azotan la ciudad con el dramatismo de una guerra.
Finalmente ha llegado el día, para entonces la mayoría ya ha conjurado su primera maravilla de la naturaleza: Las Cataratas del Niagara, otros, con menos modestia y algo de ignorancia la cuentan como su segunda después de haber visitado con anterioridad el desaguado salto del Tequendama. Las maletas están listas y los documentas tan ordenados como llegaron para cruzar el servicio de inmigración de los Estados Unidos, que fue sin duda el primer gran coloso sometido. Un taxi concertado por La Casa me recoge a la hora convenida, las 7:30 am, ya se comienzan a sentir los primeras fríos de Noviembre y entones vuelven a mi las palabras inexorables de mi maestra de quinto año cuando me enseñó en su clase de geografía Americana que en Canadá las temperaturas llegan fácilmente hasta los 35 grados bajo cero -Lo mismo que en Barranquilla, pero al revés- Fue lo dicho. Nuevamente un Crown Victoria me lleva a través del, que ironía, Peace Bridge, último eslabón por enlazar. Ya en la mitad se despide uno de tierras americanas como quien deja atrás un ser querido que nunca nos quiso amar y comienza el transito por la ciudad de Fort Erie provincia de Ontario, tierra famosa que en el antiguo idioma de los Hurones significa Lago Magnifico. El taxista poco ético pero diestro en las artes migratorias me recomienda alegar que no sé ninguna palabra en ingles en caso de que el oficial del peaje fronterizo lo requiera y que además guarde el dinero que tenga en algún lugar escondido para argüir que me quedé sin nada en la vigilia de la cita para mejorar las ventajas de mi ayuda, por supuesto eso ya lo sabía de antemano, pues los detalles de quienes pasan adelante llegan a los lugares de espera con la velocidad de una llamada. La mayoría, evocando sus viajes por carretera en Colombia, sitúan lo mejor de sus arcas al buen resguardo de los calzoncillos. Otros, más modernos y menos complicados, guardan lo mejor de si en cuentas corrientes en el exterior y tan solo se preocupan por camuflar una simple tarjeta visa.
El inmigrante tercer mundista es un soñador, un ser valiente que ha sobrevivido a regimenes políticos, a desplazamientos, a hambrunas, que ha tenido que bracear sobre obstáculos culturales, idiomas, religiones, concepciones completas del mundo para aventurarse a abismos oscuros jamás explorados donde generalmente no encuentra mas que odio. Ahora, tal parece que las especulaciones fueran ciertas, los oficiales de inmigración se distancian profundamente de los bulldogs xenofobicos que nos recibieron en Norte América. Físicamente son iguales, altos, zarcos, pero la inmensidad de su Wellcome to Canada acompañado por una sonrisa grácil nos sienta de inmediato en una realidad desconocida, en algo que fácilmente se puede confundir con la felicidad.
Luego de llenar documentos en donde se repite una y otra vez las referencias personales, además de las direcciones con fechas exactas de las residencias, trabajos y estudios de los últimos diez años, de pormenorizar los detalles del caso que nos trajo al país y de firmar una cláusula tras otra donde nos comprometemos desde comportarnos bien, suministrar constantemente los datos de nuestro domicilio, hasta irnos voluntariamente del país en caso de que el juez en una corte programada así lo decida, finalmente nos dejan salir. Una trabajadora social está pendiente de quien tiene familiares o amigos que nos reciban o quien simplemente eligió alguna ciudad por el azar del dedo índice puesto de manera irresponsable sobre el mapamundi; en ese caso se es conducido a un refugio temporal donde se permanecerá hasta que se encuentre un lugar fijo donde vivir. El gobierno, según la provincia que se escoja, tiene programas especiales de asistencia social para quien las necesite que ayudan con la renta, la comida y los servicios legales, por supuesto todo de una manera tan exacta que apenas permite sobrevivir; sin embargo la condición de asistido social brinda ciertas prerrogativas de subsidio en cuanto a los servicios de salud, drogas medicadas, bancos de comida y transporte público que dignifican la vida al punto de exaltar su sistema socialista. No obstante las instituciones encargadas de las ayudas sociales condicionan al estudio y aprendizaje del idioma ingles o francés, según donde se viva, en instituciones de alto nivel educativo, que es gratuito también, para aprobar la ayuda. Para cuando se ha aprendido el idioma la persona, en caso de que el juez haya fallado a su favor en la corte, ya cuenta con permiso de trabajo y debe dejar la asistencia social para laborar o para aplicar a préstamos estudiantiles que le permitan ingresar a instituciones de educación superior para más adelante conseguir un trabajo calificado. En ese peregrinar pueden pasar fácilmente de dos a cinco años, según las expectativas que se tengan. Si la persona es aceptada como refugiado puede calificar para la residencia, solo entonces puede aspirar al préstamo para estudios superiores.
El panorama de ciudades como Toronto o London, en la provincia de Ontario, que son las que muestran mayor población de colombianos, revela un alto índice de emigrantes con un nivel de educación superior; se estima que las personas prefieren continuar con sus estudios antes que dedicarse a trabajar, además que muchas otras de las que llegaron persiguiendo el sueño americano de amasar fortuna se han tenido que consolar simplemente con vivir al día, pues tal parece que después de todo mi primo si tenia razón: Canadá no es un país para hacer plata sino familia. No obstante, las disposiciones recientes de las políticas del gobierno de Estados Unidos establece el cierre de sus fronteras como puente migratorio, en tal caso el asilo sólo se podrá adelantar en embajadas o consulados canadienses en el exterior o directamente en suelo canadiense, lo que lo dificulta un poco, pues su visa resulta mucho más complicada de conseguir que la americana.
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