Este término es usado allá, en mi pueblo, para referirse a una ración que va entre el desayuno y el almuerzo o entre el almuerzo y la comida, mal usado, por supuesto, y mal sonado, también. -¡Gilma sirva la pelambre! Gritaba mi mamá, y ahí mismo la pobre revoloteaba por entre la cocina porque mi vieja, casi siempre, andaba de afán. Otros ilustradamente lo utilizan casi todo el tiempo como adjetivo para calificar su situación económica predominante -¿Vamos a bailotear esta noche? Pregunta uno cualquiera. –No creo con esta Pelambre. Contesta el otro fulano dando a entender, de tajo, que no hay ni para comprar un tinto, porque déjenme aclarar que una cosa es estar pelado y otra andar en la Pelambre. En fin, otros más capciosos han descubierto el punto de equilibrio para ubicar esta palabra en la jerigonza de allá, de mi pueblo, y dado que lo ultimo que uno siente cuando tiene billete es hambre, han llegado a la conclusión que Pelambre es estar pelado y además con hambre, como quien dice que no hay más jodido que el que anda en la Purísima Pelambre que es a su vez la potencia máxima de la Pelambre. No obstante la famosa palabrita “Pelambre” que traigo a colación no es ni lo uno ni lo otro sino una lógica y simple guedeja, greña, crin, melena, tupé o cabello, como quien dice la cabellera, fácil, cierto. Bueno la cosa reza más o menos así: se le denomina a cada uno de los pelos que nacen en la piel, o sea a las formaciones tegumentarias que protegen la epidermis de los mamíferos y aunque su función primordial radica en evitar la perdida del calor corporal, el hombre desde la invención de las herramientas filosas ha tratado de moldearla de acorde con las tendencias ideológicas, filosóficas, religiosas, culturales y sexuales de la época, dándole especialmente un estilo a cada cabeza de acuerdo con su forma intima de pensar y actuar. Es así como el cabello ha hecho famosos a grandes personajes en la historia, en la mitología y en la ciencia ficción, tales como Jesucristo, Sansón, o Medusa, la reina Gorgona. Y pese a que podría extenderme a todas las conglomeraciones de pelo con que contamos, puntos cruciales tales como las cejas, las axilas o los genitales por no citar la nariz o las orejas, comúnmente muy desaseadas por cierto, me concentraré en aquello que ha llamado mi atención por estos días: la cabeza. Porque, aunque sólo escribiendo sobre las axilas bastaría para colmar este articulo, prefiero evitar herir susceptibilidades e ir a lo que vine, ya que hay a quienes hablar de eso es como hablarles de la mismísima pecueca, y antes de terminar el cometario que se vaya a bien hacer ya están con cara de comer limón agrio y pensando en la muy desacreditada y despreciable chucha, que no es otra cosa distinta que el animalito cebolludo que anida ahí debajo del brazo de quienes se la llevan mal con el agua y el jabón. Sólo por eso no escribiré sobre francesas bonitas de cuerpos delirantes pero con sobacos peludos o de árabes enigmáticos con Ferraris y turbantes de seda pero con golpe de ala. Ayer precisamente me encontré de frente con una pareja sin par, él con cabello largo, liso, alisado a punta de secador, a mi manera de ver y ella en un anti-paradigma, con cabello corto tipo “Chuler” del ejercito; al doblar la esquina otra con pelo verde y al lado una más con una combinación de entre lila y rojo en una enredadera que no se sabía ni que era; no alcance a salir de mi asombro cuando, oh sorpresa, un calvo con la cabeza completamente tatuada, por tatuaje una mujer desparramada, calva y desnuda que lucia su único y último asomo de pelo en la parte que le correspondía a la cuca, que cosa más vulgar, pensé. Por la acera de enfrente una abuelita punquera, si una abuelita, con su engendrito de nieto luciendo el punk también. Que bueno que mi propia abuelita no vivió para ver esto, de seguro lo hubiera descrito con su sentencia más acertada: Esos son cosas del demonio. Recuerdo que mi papá me dejó de hablar por una semana cuando volví de la capital porque llegué con el cabello largo, a él, que siempre eligió para mi el peinado de tutuma y solo vino a cambiármelo por el de Ramoncito, el de Dejémonos de Vainas, cuando cumplí los catorce, la cosa no le hizo ni poquita gracia. La verdad nunca quise llevarle la contraria, pues el corte que llevaba no era otro que el mismo de siempre pero un poco más largo a razón de la falta de dinero con que costear el servicio -¿Se volvió mariguanero o qué? Fue lo que me dijo, y sin darme tiempo de explicaciones me llevó a donde don Ricario Beltrán, un viejo barrigón y medio amanerado que ostentaba en la puerta de su local la orgullosa placa en hierro colado “Barbero profesional” como un titulo nobiliario. Nunca olvidaré a que huele la piedra lumbre y a que sabe, pues no me quedé con la gana y un día le pasé la lengua como el que prueba algo caliente, tampoco que el corte era enteramente hecho con tijera, mucho menos que el viejo tenia lista y a la mano una botella de Menticol para cada vez que se apuntaba con una cortada, de ahí que comenzaron a llamarle torero, porque en una buena tarde se hacia hasta con dos orejas. Lo bueno de todo esto es que ahora yo mismo me corto el pelo, hago cualquier cosa para evitar el gasto del salón y por supuesto para evitar el Ramoncito de otrora, si por alguna circunstancia me tranquilo digo simplemente que es uno de esos cortes… de moda.
Es curioso que “pelambre” se entienda al proceso de quitarle el pelo al cuero en el proceso de la curtiembre, y también que es una porción de pelo. Me parece que “pelambre” también significa hablar mal de otra persona. “Vino con el pelambre de lo que ocurrió anoche en la fiesta”, por ejemplo. Como quiera que sea, me gustó ver la abuela punk y el calvo tatuado. Y tú, cuídate, porque pueden no creerte que es el corte de moda, sino simplemente que te trasquilaste. (Mentira) Excelente post. Muy entretenido. Saludo.
Buenisimo, en tiempos de guerra…tok despuntada en ksa.