
Por estos días, cuando me disponía a entrar al apartamento de mi mamá, una niña que vive enfrente de ella se me acercó para pedirme el favor de timbrarle en su propio apartamento porque no alcanzaba, yo sin mediar palabra hice lo solicitado y me fui. Desde adentro logré escuchar a su madre preguntarle como había conseguido alcanzar el citófono, a lo que la pequeña le contestó: -fue un cucho que me ayudó. Realmente me hizo mucha gracia puesto que nunca nadie me había llamado de esa manera, o por lo menos no lo había escuchado; la verdad no le presté mucha atención y preferí acomodarme para tomar la deliciosa sopa de Campells que mi vieja prepara con las latas del Salvation Armi. Fue en el momento en que degustaba esa delicia en que apareció mi primito y ensordeció mis oídos con la estruendosa música de un no sé qué rapero gringo de moda; recuerdo muy bien que me levanté de la mesa y apagué el equipo de sonido al mismo tiempo que lo regañaba. Mi madre que es defensora por naturaleza me trató de tranquilizar arguyendo que no le pusiera cuidado que eso eran cosas de jóvenes. No sé si lo que dijo me intranquilizó o me hirió profundamente, -¿Es que acaso yo no soy joven? Respondí -y no por eso detesto la sopa o escucho la radio a todo volumen. Esa tarde no se volvió a hablar del tema, yo simplemente me dispuse a ver mi programa favorito de televisión (que bueno que todavía lo transmitan por un canal de los que me entran por el Dish del Chino) estando allí volví a ver al mocoso, este arremetió contra mi burlándose de los Ducks of Hazard que era el programa que veía. Yo muy educadamente le comenté que la espectacularidad de este radicaba en la potencia del General Lee, el automóvil que conducían los protagonistas, un precioso ejemplar de Dodge Charger color naranja; a lo que él contesto en medio de la explicación –Yo siempre pensé que eras un viejo obsoleto, pero nunca imaginé que tanto, incluso creí que te descrestabas con el auto fantástico, pero no, está visto que prefieres una cafetera de los setentas.Era demasiado, me había ofendido en lo más profundo de mi ego, era mejor demostrarle de una vez por todas que podía ser más joven que él, y fue por eso, por inspiración divina (valga la aclaración) que decidí pactar una apuesta de honor, así le demostraría de una vez por todas quien era más obsoleto de los dos. Por un momento pensé que se echaría para atrás, pero el muy arrogante se mostró interesado. Al rato arreglamos el reto de esta manera: el perdedor haría lo que el ganador deseara, punto. La apuesta consistía en una serie de pruebas exclusivas del imperio juvenil sin límite de cantidad pero con un tope de tiempo que no podría pasar las horas decentes de irse a dormir.El primer reto fue en Play Station, 2 (por supuesto porque para el 3 no alcanza). A decir verdad mi memoria ludópata se había quedado estancada en la primera versión del Atari 1600 con un Pac Man desganado y unos marcianitos que daban pena. Sin embargo la pelea fue dura y lo digo así por que jugamos diez torneos de Street Fighter en los cuales me apaleó y humilló con las diferentes “fatalitis” que el juego trae escondidas con sus códigos secretos; la verdad ni siquiera aprendí a manejar ese maldito control con sus veinte botones esparcidos por todos lados con claves y combinaciones infernales. Había perdido una batalla pero la guerra continuaba, decidimos entonces irnos a deslizar un porco por Spring Bank, sinceramente ni siquiera pude colocarme los patines por lo que tuvo que ayudarme en medio de risas, hubiera dado mi cheque de Ontario para que nunca lo hubiera hecho, el resultado fue una hora haciendo fila en
la Walking Clinic para que me atendieran las contusiones de las rodillas mientras él no hacia mas que piruetas para provocarme desde la acera de enfrente. Sin duda había corrido con suerte pero mi desquite se acercaba pues la siguiente prueba consistía en un mano a mano de basketball. No sé qué me paso aquel día, recuerdo que yo era un duro para los tres puntos. Al rato el niño me propuso que me retirara dignamente por que de lo contrario me podría dar un ataque cardiaco y eso si que seria vergonzoso de contar. Yo simplemente sonreí (pero sin mostrar los dientes) y no me dejé provocar, pues sin duda esa podía ser parte de una estrategia para descontrolarme y acabar conmigo fácilmente, más fácil aún. Así pasaron tres pruebas más con resultados parecidos, mejor dicho, estaba jodido, ese chino me seguía ganando y la noche ya se veía venir, entonces tuve que tomar una dolorosa determinación, tenía que hacer trampa si quería ganar. Era injusto para él, lo sé, pero yo no podía aceptar aquellas injurias que me estigmatizaban como viejo sólo porque ese día me encontraba, qué sé yo, frío, si frío, ya saben como es esto en Canadá y yo un mulato caliente del trópico… you know.La siguiente prueba consistía en tiro al blanco, me ofrecí a tirar de primeras, con un excelente 8.5 sobre 10, nada mal, qué nada mal, excelente. Cuando el pequeño fue a disparar me cerciore de entregarle el arma de balines con el cañón un tanto torcido; el resultado un vergonzoso 8.4 sobre 10. Esto me estaba empezando a gustar. Trampa o talento era la única forma de cerrarle la boca al pequeño fanfarrón. Seis a uno iba la competencia, si seguía sumando lograría empatarle a eso de las diez de la noche. El siguiente reto consistía en los cien metros planos, esta vez el primero en arrancar fue él, su tiempo fue contabilizado por un amigo de Wheable que siempre me hace el dos, por supuesto completamente sobornado para que le aumentara unos segunditos de más al correcaminos. Así que, cojo y todo como estaba, volví y gané. En realidad me salió muy costoso el soborno de todos los jueces que empleé esa noche, pero que importa, después de todo para eso están las granjas. Valía la pena cada centavo porque la puntuación se había empatado antes de la hora prevista. Por supuesto luego de la siguiente prueba yo decidiría que era muy tarde para continuar y me alzaría con el invaluable trofeo de la juventud. Para esta última prueba decidí, para que vean lo honesto que soy, que no era necesario recurrir a la trampa porque consistía, irresponsablemente, en dar la vuelta a la manzana en el carro en el menor tiempo posible, yo sabía que el mocoso no sabía manejar, ¡ja! Esta vez comencé yo con un tiempo impecable de 53 segundos y tres stops comidos que ningún policía vio, gracias a Dios. El tiempo era difícil de superar, incluso para alguien experimentado; aquel momento fue regocijante para mi, entonces me dispuse a ver como el muy ignorante trataba de encender el carro, sinceramente no pude contener la risa, este era el desquite que merecía por haberse burlado del “General Lee” abuelo célebre de mi Neoncito. No obstante lo peor que podía suceder sucedió: El pequeño Chuky no, no se accidentó, peor aún, alguien le había enseñado a manejar a mi espalda y el cronometro paró en 51 segundos. Traté de argumentar que el reloj se había dañado pero fue inútil. Había sido demasiado, yo estaba exhausto y humillado, y él por el contrario se veía como nuevo, decidí entonces enfrentar la derrota y le pregunté que quería como paga a lo que me contestó de inmediato: -lo único que quiero es que deje de decirle a los extraños que yo soy su primo ¡ah! Y que madure de una vez por todas PAPA.
La vejez es dura, pero ud es como el campeon pa eso
Bueno pero que reto contra el reloj, como siempre el tiempo no es amigo de Nadie…pero vos ke le hiciste?
este es de mis faworitos, secillamente genial!!jaja eso pasa y cauerdate que no habia nacido aun, espertate que nuestro bbcito crezca un poquito mas ,,,