En los últimos días se me han vuelto muy comunes las conversaciones en torno a la licencia de conducción, pues con ánimo de dejar el bus como medio de transporte he venido reflexionando sobre la aciaga idea de conseguir carro. Atrás quedarán las épocas infelices de tener que esperar el momento exacto para tomar la conexión que nunca se desviará, y digo infelices porque después de una vida entera de haber sorteado los buses de mi país, que paraban donde se les daba la gana (en medio de charcos, por lo común, y diez cuadras después de donde uno había timbrado) con mariachis destemplados, yerbateros, vendedores de maní, rateros, secuestradores, desplazados, coje culos, huérfanos perdidos, poetas desdichados, borrachos llorones, cuentachistes, el señor que cada ocho días le dan de alta del ejercito y no tiene para el pasaje para volver a su pueblito natal, la señora que no tiene con que sacar a su hija enferma del hospital y lo peor de todo: el cuentito amañado de déme cincuenta y le doy cien que es que me quedé sin sencillo; esto sumado a toda una gama extra de atractivos folklóricos no me queda otra sino sentir que el bus de acá, aunque seguro, es aburrido, y que por eso hay que echarle mano al transportation, (que es como llaman displicentemente a los carritos del 96 para abajo). Afortunados aquellos que trajeron carros nuevos como emblemas de una mejor vida y desafortunados, otros, que por haber llegado directamente del tercer mundo ni carro ni licencia. Y no es que no hayan tenido licencia en sus países de origen, no, lo que pasa es que aquí al igual que en Estadios Unidos todo lo que este de México para abajo es selva, y no importa si usted fue piloto de carreras, dueño de una academia de conducción o chofer de buseta (o Transmilenio, en el caso de los más avanzados) tiene que comenzar igual como se comienza todo acá, desde cero; por si fuera poco, y por ende lo peor, es que las aseguradoras están completamente de acuerdo con la política de desconocimiento total y es ahí cuando realmente se inicia el padecimiento para el inmigrante. En el caso de los que andan por la asistencia social todo comienza con una historia a la trabajadora social que reza más o menos así: “Es que usted sabe, nosotros venimos de un país tropical y el invierno nos da durísimo, mire que yo tengo un hermano en los Estados Unidos que nos va a dar una platica a manera que regalo”. De ahí en adelante lleve recibos de gasolina y evolucione para el seguro. Y no es que sea mentira, pues hoy en día, debido al éxodo de latinos tan alarmante casi todos tenemos un hermano o hermana en Estados Unidos y, pa’que, el invierno nos da durísimo. Pero en esa primera fase la cosa es técnicamente sencilla, lo duro comienza a continuación: dos piezas de identificación, al menos una con fotografía, bien sea tarjeta de ciudadano, tarjeta de residente, pasaporte o licencia de la jungla o país de origen (pa’ ellos es lo mismo), $10 para el test de conocimiento (el cual toca aprender de una cartilla que obviamente no entendemos por aquello del ingles), licencia por 5 años $50, examen para G1 $40 y espere un año para presentarse por la G2 que vale $75, que si se lo tira vuelva y pague, que hay que tanquearle el carro al vecino para que lo preste para el test de ruta porque el “transportation” no solo da pena llevarlo sino que con ese lo reprueban a uno antes de subirse, que si tiene licencia con varios años de xperiencia puede presentarse por la G (siempre y cuando ya tenga la G1) y si no debe tener la G2 y aguardar otro poco de vida (pero no lo haga en London porque son muy pocos los que lo pasan a la primera) mejor dicho un enredo. Ahora viene lo peor: examen de emisión de gases (si esta muy de buenas y su carrito viejo no anda como mi abuelita, que se fuma dos cajas de cigarrillos al día, son menos de $100), safety (en este se le pueden ir desde $70 si su carro cumple con todos los requerimientos de seguridad hasta convertir aquella ilusión en comida de deshuesadero cuando le determinan que el arreglo lamentablemente vale más que el mismo carro (aunque un mecánico astuto nunca le dirá eso a la primera, pues lo irá desangrando hasta llevarlo al punto donde usted termina por escribirle una carta a su Case Worker, con el mismo dramatismo del regalito del hermano, pero para que le envíe directamente el cheque al taller). Ahora lo peor de lo peor: seguro de accidentes, este es capitulo aparte, pues si usted es un hombre que maneja un Buick, que es el carro menos robado, y no le han puesto una infracción en 20 años, pagara aproximadamente $600 al año, si no, aliste más o menos de $200 a $240 al mes dependiendo de su grado de civilización o mejor dicho desde cuando tiene licencia de por acá, además ahí le enredan a uno el seguro de la casa, el de las joyas de la familia (que en mi caso no pasan de un escapulario), los cachivaches y un montón de cosas que lo hacen sentir a uno como si fuera rico, todo con el propósito de arrancarle otros $20 o 40$ extra. Ahora viene el impuesto, en esta parte es muy importante que su carro no sobrepase los $900 para evitar el delicioso 8% que el buen estado utiliza para devolvérnoslo en forma de cheque cada fin de mes a los que recibimos ayuda. Súmele también el valor de las placas y por ultimo los líquidos y aditivos especiales para el invierno, que la cosita de quitar la nieve, que las cadenitas de las ruedas, que el ambientador de pinito, los dados de peluche y el cucharón verde en la palanca de los cambios si se es de gusto refinado, por no nombrar los cincuenta mil arreglos que hay que hacerle y que se reproducen como conejos cada vez que nos da por revisarle el motor. Sin embargo ¡Animo! no hay que desilusionarse, pues el carro es como… adivinen quien?: un mal necesario
Si diosito me da Licencia
Diciembre 25, 2006 de Juan Fernanado Gualdron
Uhy si ahora viene ese capitulo, preparada psicologicamente…soldado advertido?
dime a mi, eso que tue el mejor maestro de charala, jaja,,,aca es mas facil manejar awion y tengo pruebas que manejar un automowil priwado!!que ironia
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