Un hombre sumido en la cotidianidad vive sumergido en la inercia de su quehacer diario; la Conservaduría General del Registro Civil es el lugar donde trabaja José, un cincuentón que se dedica a llenar fichas de nacimientos, defunciones y cuya vida pareciera consumírsele poco a poco desde el tedio de su mecánica tarea. Entre tanta monotonía y soledad, José intenta darle un poco de color y emoción a su existencia a través de un particular pasatiempo; se trata de una afición secreta por coleccionar datos de gente famosa que recorta de periódicos y revistas. Un día, José decide completar su colección con datos que saca a escondidas de las fichas del Registro Civil sobre las personalidades famosas que llaman su atención, encontrando traspapelada por casualidad una ficha de una mujer totalmente desconocida y anónima para él; una especie de compulsión lo incita a salir a la calle en su búsqueda y emprende una ardua tarea de investigación a la cual se aferra, porque sino, pareciera que ya no le quedaría más nada que hacer en su vida. -Así ha de sentirse un castrado. Me dijo mi gran amigo Aquilino Román el día en que hablamos por teléfono y le conté los pormenores de la vida canadiense. -Lo primero que le quitan a uno es el nombre. Le dije -Atrás queda toda esa fruslería de los dos nombres y los dos apellidos que tan distinguidos nos hacían sentir. A don José no le gustaban las inyecciones, mucho menos en la vena del brazo, de donde siempre tenía que apartar la vista, por eso se quedó tan satisfecho cuando el enfermero le dijo que el pinchazo iba a ser en el glúteo, este enfermero es una persona educada, de otro tiempo, acostumbrado a usar el término glúteos en vez de nalgas para no chocar los escrúpulos de las señoras, y casi acabó por olvidar la designación corriente, pronunciaba glúteo incluso cuando trataba con enfermos para los que nalga no pasaba de un ridículo preciosismo de lenguaje y preferían la variante grosera de culo. Allá en el pueblo, de donde vengo, tener un solo nombre no era más que signo de pobreza, como si los nombres valieran, y los pobres que nos aventurábamos a tener dos escogíamos, en ese entonces, un repertorio de lo peor. No era raro entonces que mientras el patrón se llamara Luís Eduardo, Rodrigo Alberto o Francisco Antonio, como los protagonistas de las novelas venezolanas, el pobre capataz no pasara de Eusebio, Leonidas o Martín Abelardo, en el caso de uno menos discriminado. Lo de los apellidos era lo peor, o se tenían o no, y la clave era fácil: si se tienen dos pobre o rico era hijo de sagrado sacramento mientras los de uno bastardo y punto. La cosa no era como acá ni ahora. Otrora eran tiempos de nombres y apellidos, de tanta importancia como para valer de inspiración a Saramago para escribir su obra mejor: Todos Los Nombres. Recuerdo, también, que de un tiempo para acá la gente descubrió con alegría que en el registro no había recargo por el tipo de nombre o la cantidad y fue así como la hija empleada pudo llamarse como la hija de la patrona o la patrona misma, o las dos al tiempo, y a la vuelta de una generación nombres como Camila o Camilo o Laura o Nicolas o Alejandra o que sé yo dejaron de ser de pocos para ser de todos. Tan bueno fue el descubrimiento que aquello de los nombres traspasó las fronteras para atacar incluso el intocable, hasta entones, mercado americano, de ahí que comenzaron a gestarse las abominables mutaciones de nombres extranjeros con apellidos criollos tales como Washington Gutiérrez, Steven Gómez o Melanie Díaz, y peor aún, mezclas sin piedad de nombres compuestos con variedad de idiomas muy comunes en nombres cortos y con la misma inicial tales como Jasón Javier o Jonh José, por no ir mas allá y caer en la más cruel y despiadada combinación lingüística de todas: la repetición de nombres traducidos con sus ídem en español: William Guillermo, Mary Maria o Carlos Charles por no citar joyas como Pedro Pierre o Diana Dayana. En fin, como ya dije los nombres, aunque invaluables para quien los porta son devaluados para el papel, por eso no siendo suficiente con dos hay quienes atacan con tres o cuatro, o con nombres de plantas, o de animales o de humanos que se vuelven animales (el otro día conocí a un joven que portaba el irrepetible Manimal Gerardo, el cual consiente del daño que le habían propinado sus padres, no tenia reparo en hacer la pantomima de mover las palmas de las manos como si se estuviera convirtiendo en pantera cada vez que se presentaba) También está el uso de electrodomésticos mal escritos: Itachi José o Jiuler Pacar Alberto alias Beto el Hp, pero no por hijueputa, o aquel amanerado Soni Manuel que estuvo saliendo con Mani Manuel, otro adefesio de combinación para el que tengo casilla: el nombrecito con nombre completo añadido, muy mariconsito, por cierto. Porque eso si, a la ahora del registro los orgullosos pero ignorantes progenitores se miran los unos a los otros y encogiéndose de hombros colocan aquellas joyas sonoras tales como Michael con un decidido y aventurado Maicol casi como queriendo decir Made in Col.Recuerdo que a las gemelitas Correa, Andrea Nallive y Nini Yohanna, allá en la escuela de la señorita Mery Grazt, solo bastaba con mandarle saludos a su distinguido padre para bajarle los humos –Me saludan a don Clímaco. Les decíamos, y ellas, arrogantes congénitas, no pudiendo con la ignominia del nombre de su padre, como si fuera más bien un insulto, tenían que tragarse su alcurnia porque o si no, nosotros, los más pobres del salón, los hijos de Pedro, Ramiro o Mauricio, las despachábamos con una atención también para con su distinguida progenitora –Y por ahí de paso nos saludan a doña Teofilde. Jaque mate, que las dejaba fuera de lugar. Ahí no había groserías ni nada era más efectivo para aplacarlas, nunca supe de un agravio tan bien educado. A mí, en cambio, me habían enseñado desde muy temprana edad que el renombrado político y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza no era otro que el portador de un nombre sin par, o mejor dicho con par pero sin igual, por eso cuando me preguntaban como se llamaba mi padre yo respondía con orgullo liberal Plinio Eduardo. Con el tiempo aprendí que allá en el pueblo un plinio era lo mismo que un guarapo y por eso mis mejores amigos estuvieron deteniendo cada uno de mis alegatos con la misma determinación con que le mandaban saludos a los padres de las señoritas Correa, citando el renombrado -Saben qué mejor tomémonos un plinio, seamos amigos. Por eso de un tiempo para acá termine por responder –No, él se llama Eduardo, a secas. Igual que yo acá ahora soy Juan, a secas, por que aquí todos somos así: canadienses, a secas.
Se le escaparon mis amigas madeinusa y usnavy o las hermanas Bolivia y Francia hijas de don Orlando.
Interesante y muy cierto a mi me pusieron disque Diane Katherin …segun eso que por que algun dia viajaria a los Estados Unidos. Bueno el echo es que nunca me gusto y hasta se me olvida, lo unico es que al menos aqui si saben como se pronuncia.
En colombia en cambio me decian Diana, Dayana,o Diane osea asi lo pronunciaban; otros tiempos y otras gentes.
pobre plinio,, y hasta me hiciste una broma con eso y ederminia jajaaaaaaaaaaa