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Cuarenta y nueve años se habían contado desde su llegada al pueblo. Apareció una mañana triste de aguaceros peregrinos en la puerta de la sacristía, con las alforjas llenas de cartapacios antiguos, escritos a mano en el idioma de los clérigos, y con un baúl de pino atiborrado de corotos viejos, que atravesó como espaldar de la montura, sobre las enjalmas desgreñadas, de una mula vieja y cansina, que murió ahí mismo, por el trajín inaguantable de cargarlo sin respiro, desde quién sabe dónde.

–De acá me voy cuando me lleve la que me trajo –comentó, con ironía, en medio de un rebuzno fatal, que tardó en desvanecerse, despedido por el animal, mientras torcía las patas enfrente suyo.

Tenía una medallita de la virgen del Carmen, que le colgaba por fuera de la sotana, un pelo crespo rociado de canicies amarillas, que se le tragaban la juventud como una infección en la cabeza, una barba pedregosa de lampiño afortunado, una dentadura ametrallada por el descuido, la nariz de un boxeador inhábil, la estatura de un niño grande y la mirada triste de un ternero recién parido. La señora Berta Acuña, quien era la primera dama en ese entonces, se lo dijo a todo el mundo cuando llegó, como si él mismo fuera una razón y no una persona, pero pocos le prestaron cuidado porque ese día andaban tan embobados con los adelantos tecnológicos de un automóvil, cuya llegada coincidió, que no valió de nada que lo estuvieran esperando.

Traía puestas unas botas sucias de militar raso y un cinturón sin nudos perpetuos, que bien pudo haber sido el mismo cincho de la mula. La sotana de celebrar y los demás perendengues lujosos los fue recibiendo a manera de presentes con el transcurrir de los días, pues su humildad infinita le hizo verse desde siempre como un vagabundo alegre. Pasados pocas horas, dio las primeras muestras de un carácter descifrable, que se hizo legendario, y de una manera particular de gobernar desde el púlpito.

Por iniciativa propia, y acostumbrado a las jornadas agotadoras de todos los días, el doctor Wendel Franz, hombre honrado y de juicio científico, estuvo toda la mañana y varias horas de la tarde tratando de cernirlo de entre la chamusquina. Sabía, por efecto de su formación académica, que un cuerpo nunca se incineraba por completo en tan poco tiempo, y menos si contaba con la resistencia térmica de los dientes de porcelana. No obstante, por tratarse de él, y a sabiendas de que malgastaba el esfuerzo valioso que requerían los demás, se persuadió a sí mismo de la existencia de lo que no había.

–¡Respeten, carajo, que son los restos del padre! –sentenció, entre trompicones, por el zaguán del hospital, mientras recibía las talegadas de ceniza que le llegaban desde el lugar del accidente–. Además, aquí el más grave no pasa de candelillas en el culo.

El doctor Franz fue quizá el último eslabón de la cadena de alemanes que reconquistó la provincia, se nombraba a sí mismo como un ario de pura sepa, aunque el estigma inexorable de alguna mezcla furtiva le había legado los cromosomas dominantes de los indios guanes, en un narigón nativo que nunca supo esconder. Era de palabras cortas y de carácter simplista, y sus buenas maneras lo tuvieron siempre como un amanerado al filo de ser descubierto, por eso de vez en cuando soltaba un improperio corto, para dar fe de su virilidad a prueba de formulismos.

Aquel día no había ley, pues, según decían, al alcalde se lo había llevado la guerrilla, consumando así el más profundo de sus temores, y la policía, que estaba tan despistada a falta de quien les gritara lo que debían hacer, simplemente se desapareció en otros menesteres menores, para no correr el riesgo de actuar mal. No se supo en últimas quién había ordenado nada, y lo concerniente a las minucias del levantamiento se terminó haciendo por disposición del mensajero de la alcaldía, por puro reflejo cívico.

Con laboriosidad aparente, fue juntándolo, ceniza tras ceniza, usando, paradójicamente, la misma pinza Stainless que alguna vez le olvidara dentro de sus tripas, en medio de una intervención que le hiciera a la vesícula biliar, distraído por pensar en los mitos electrónicos de la cirugía moderna de la última edición de su revista científica: En el rayo láser.

“Hay que morir… para vivir… Entre tus manos… confió mi ser…”, se escuchaba en ese mismo momento la canción melancólica que berreaban las beatas desde temprano en la salita de espera.

–Que Dios me perdone, padre, pero usted que se me quema un mes antes, y yo que descompleto el juego de pincitas –masculló, con insolencia, en medio del berrido.

El sacristán Monsalve dispuso un duelo de mutismo en la sacristía: no permitió la entrada a nadie, como no fuera para asuntos que no admitieran espera, y dispuso repiqueteos de campanas cada tres horas, en vez de una. No quiso dar explicaciones bastantes, y puso su mejor retrato en el mismo lugar del púlpito donde se sentaba para hablar de santos y para atemorizarnos con la inminencia de la tercera guerra mundial, junto con la colección completa de sus estampitas de santos, un ramo de margaritas dentro de un jarrón con agua y una veladora encendida titilante.

Durante toda su vida Miguelito Monsalve fue el depositario de las llaves de la iglesia y todo cuanto tuviera que ver con ella pasaba por sus manos. Era ágil como un niño, pero desgarbado como un camello, y todos le atribuían una fortuna oculta, que supuestamente había forjado con años enteros de desangrar las arcas. Papá decía que tenía la facha de un viejo mañoso y eso le bastaba para prohibirnos acercárnosle. A mí, personalmente, no me constaba, pues nunca me había hecho nada, nada que debiera lamentar, aunque, a decir verdad, ahora que lo pienso con detenimiento, siempre me molestó su manía de tocarme el cuello cuando iba por la iglesia, para subir a la torre a contemplar las crías de las lechuzas que anidaban entre la cochambrera de las campanas. Jamás pude saber si ese gesto era producto de una desviación sexual, de esas que hacen sentir tan bien a los pervertidos, cuando piensan en los hijos de sus vecinos, o para saber si tenía alguna cadenita de oro que pudiera robarme. Muy depravado o muy torpe, pues bastaba con ver mi facha para saber que eso del oro no era conmigo.

Después de rendir cuentas a los feligreses que le seguían la huella de sus habilidades sabidas y luego de llenar un pequeño féretro blanco de talla para fetos, que fue el receptáculo más apropiado que se le ocurrió para alojar la mugre calcinada que eran los supuestos despojos, lo declaró completo y lo remitió a la funeraria de los Olarte, para que le procuraran la apariencia humana que se le había perdido con el fuego; allí amasaron sus restos, en una ceremonia ligera de agua bendita y pegamento de almidón de yuca, hasta que le procuraron la forma más humana posible: un monigote.

La nostalgia de haber nacido bajo su ministerio y de haberle recibido sistemáticamente todos los sacramentos invadió el aire provinciano con un sentimiento de pesadumbre colectiva, que levantó un duelo de magnitudes apocalípticas. Fue como si el pueblo mismo se hubiera muerto. Papá insistió en que la idea popular de que sus restos tuvieran la forma de una persona era una majadería de la estética que le faltaba al respeto. No obstante, las rezanderas más curtidas consideraron oportuno que sus propias cenizas se convirtieran en una efigie de sí mismo, como una variedad del Fénix pero cristiano, además, para que los demás difuntos no le fueran a confundir sus restos con los del finado Trigésimo Durán, quien murió víctima de sus propias detonaciones, y le amargaran la eternidad con sus asuntos de guerrilleros.

–Más parece un avechucho vudú que un San Pedro –sentenció con burla Ulises Olarte, cuando terminó de amasarlo en la funeraria.

Sin embargo, un susto providencial le restableció el respeto, pues poco faltó para que un perro desvergonzado hiciera de las suyas al primer descuido. El animal lo confundió con un pan carbonizado, de los que de vez en cuando arrojaban por la ventana de la panadería, y se coló silenciosamente con un brincó de ladrón curtido, para propinarle una dentellada certera, que nos puso a correr detrás suyo durante varios minutos, hasta que un escobazo solidario, que le dobló las patas, hizo que lo soltara, cuando ya parecía haber vencido todos nuestros cercos.

–Perdóneme, padrecito… no vuelvo a abrir la jeta pa´más ná –susurró, agotado, cuando lo tuvo de nuevo consigo.

Muchos tomaron aquel acto como una contraseña de su divinidad, pues recordaban que meses atrás, en época de estudio, apareció en los estantes de la panadería central una mogolla de diez pesos con la cara de Jesucristo, perfectamente delineada por las cicatrices de la masa tostada, que también fue presa de un perro vagabundo que la raptó sin compasión, directamente de las manos de uno de los tantos analistas furtivos que salieron diligentemente esa mañana. Lo que nadie supo advertir fue que el animal no había sido otro que el mismo Valjean de otrora, aquel chandoso hijo de Leona, pastora alemana de la alta sociedad pueblerina, y Satanás, un perro callejero de lo peor, que la cogió en calenturas en la propia sala de la casa, sin que nadie se diera cuenta. Aquel Valjean, junto con sus siete hermanos, fue arrojado sin compasión a la calle, y la preñez deshonrosa, como sucedió con la hija mayor de la familia, se llevó en secreto sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente, los rezagos de la tragedia aún causaban conmoción en el pueblo, de todos lados llegaron gentes para la ceremonia. De la diócesis enviaron a un nuevo sacerdote, de apellido Otero, que llegó diligente con las primeras luces del día; las hermanas del convento brillaron por su estudiantina y las camanduleras murieron y revivieron en el sopor de las oraciones. Si bien estábamos en vacaciones de Navidad, los profesores hicieron lo posible por ubicar a los alumnos de la banda de guerra, para ejecutar los toques correspondientes con sus bombos y redoblantes. El sargento Menéndez, quien quedó a cargo del cuerpo policial, quiso organizar una ceremonia con disparos al aire, pero el padre creyó prudente evitar las detonaciones por la asociación de su muerte con los fogonazos de artillería. Hubo tantas personas, que la ceremonia se terminó extendiendo a las escaleras del atrio y al parque central, donde los últimos feligreses simplemente repetían el murmullo de las oraciones que venían desde dentro, como en el juego pueril del teléfono roto, donde se dice una frase que termina cambiando de sentido, a medida que se repite de oído en oído a través de una línea de personas; era tal el desorden, que muchos creyeron haber asistido a tres misas al mismo tiempo y la mayoría salió con versiones diferentes del sermón.

Luego de dos horas largas, terminó. Entonces la procesión se turnó el pequeño baúl de hombro en hombro, el que llevaron de dos o tres por cuadra, durante las quince cuadras empinadas que separaban la iglesia del cementerio, que quedaba en la cima de una colina remota y árida y descolgaba sus tumbas por el revés de la montaña, como un collar de perlas desordenadas, que remataban en el remanso del río. Todos iban de negro, de luto, tal como el carnaval de gallinazos que se alborotaba en los días de sacrificio por los lados del matadero municipal, eso si, antes de que salieran con la demencial idea de que su sangre, licuada con el jugo de la mora curaba el cáncer, la anemia y otras enfermedades menores, por lo que comenzaron a valer tanto más que las gallinas. En ese entonces el pueblo contaba con un singular sistema de carromato mortuorio, que tanto servía para hacer trasteos de cachivaches y para cargar el mercado de la plaza, como para trasladar muertos de un lado a otro, sin tener que sufrir la incomodidad física de echárselo encima. El sabio Rogelio Ordóñez se lo había construido a el bobo Arsenio, para que pudiera asegurarse la comida, no gratis, pero sí barato, pues el alcalde le había inculcado la idea de que la plata era la cagazón del diablo y, por tanto, hacía llorar a la virgen, razón por la cual éste, a cambio de empujar, no recibía más que comida. Arsenio estaba tan abatido por una vida entera de molerse los hombros, en la que pudo haber cargado el pueblo entero de un lado para otro por lo menos diez veces, que ya no le quedaban alientos más que para empujar; de ahí que su broma más picante fuera decirles a las señoritas refinadas que él se lo empujaba gratis. Se vestía elegante, con prendas improvisadas que siempre mantenía impecables, con sombrero panamá y espejuelos oscuros, que le hubieran ido de maravilla de no ser que se tropezaba contra todo cada vez que se los ponía. Mario Vega, el latonero del pueblo, aseguraba con severidad que eran lentes especiales, pero para aplicar la soldadura eléctrica. No obstante, siempre andaba descalzo, y no era porque no tuviera la manera de hacerse a un par de zapatos, sino porque sus pies desformes no le permitían encontrar horma a lo ancho.

El bobo Arsenio quiso llevar el carromato esa mañana, para empujarlo cuesta arriba, en caso de que alguna anciana extenuada lo requiriera para el ascenso; pero las plañideras más atentas se le subieron en rapiña para llorar como nunca a los cuatro vientos. Más de uno estuvo, entonces, tentado de arrebatarle el control, para soltarlas a la merced del trecho, cuesta abajo.

La ausencia de afecto en su casa materna había convertido al padre Quintero en el apoderado moral de las señoritas Chinchilla, una terna de viejas vírgenes y encopetadas, venidas a menos por el rigor de la vida. Estaban siempre con él, incluso en sus tiempos de ausencia, pues se tomaban sus obligaciones como propias y ponían en orden los oficios de la iglesia, como nunca pudo hacerlo Miguelito Monsalve, a pesar de una vida entera de trabajar allí, o cualquiera de las hermanitas del convento, con las que siempre rivalizaron en intimidad. Ellas eran quienes más lo querían y se sentían la más queridas también. En los tiempos en que su padre vivía, estuvieron al filo de ser ateas, pero las prédicas recibidas en clandestinidad les sirvieron para sentir la cristiandad como una misión peligrosa, que aseguraba el cielo en la tierra, y para ensalzarlo para siempre como el arquitecto del milagro. No había nada en este mundo que se comparara al dolor que sentían esa mañana. Habían pasado dos noches encerradas en la bodega de la iglesia, para no tener que enfrentarse a la realidad perenne de su muerte. Estaban juntas, como siempre, e, irónicamente, revueltas con una marea de pordioseros, que había madrugado para mendigar las sobras de la casa cural. Sólo quisieron salir cuando les llevaron razón del nuevo padre, quien había llegado para oficiar el servicio y darle la santa sepultura, listas ya para la ceremonia, al fin y al cabo, hasta sus vestimentas más alegres eran invariablemente de luto. No obstante, estuvieron atentas, para poder hacerse con una buena presa, en caso de que al sacristán le diera por despachar a los pedigüeños.

–Ya ‘tá listo pal’ juneral –rezó el recado.

La última noche les había servido para darse cuenta de cuan afortunadas eran, después de todo, también ellas podían haber muerto calcinadas, y lo más seguro era que nadie les hubiera tenido la misericordia de una santa sepultura con el oficio de un obispo, como creían merecer.

Allí no había más que un reguero de cajas y botellas, los santos que profanaran en su peor perfidia y los colchones con olor a naftalina, en donde las trillizas Gallo encontraron a Dios. Olvidando los buenos consejos de los mousquetaires de Alejandro Dumas, no volvieron a usar el vino para llenar sus tripas, y por eso ahora rugían como leones hambrientos.

Con el vigor mermado por la tribulación y los ánimos caídos por la vigilia, caminaron presurosas hacia el cementerio, huyéndole a los sentidos pésame con que las bombardeaban de lado y lado, pues todo el mundo sabía el afecto tan especial que sentían por él; incluso había quien aseguraba que eran hijas suyas. Yo mismo quise decirles algo, pero caí en la cuenta de que nunca me habían enseñado a dar condolencias. Mejor callé, al fin y al cabo, todo podía ser producto de mi imaginación, y quizás, la procesión no fuera más que una romería navideña.

Trastornadas, además, por los estragos nunca antes sentidos de una resaca, anduvieron de la mano, cogidas unas con otras, salvando los adobes mal empatados de la calle, para no ceder a un tembleque pérfido en sus piernas, que amenazaba con proyectarlas de bruces en cualquier momento.

–El alma se nos está yendo por pedazos –dijeron para sí, mientras cantaban el infaltable Hay que morir para vivir… entre tus manos confío mi ser

Tratando de remedar el dolor fingido de las lloronas profesionales, las demás mujeres quisieron demostrar su propia pesadumbre con unos lamentos atronadores, que hicieron temblar la tierra; a la sazón, el cementerio estuvo buceando en alaridos desgarradores y lamentos indescifrables, hasta que el sacerdote las reprendió con un grito más fuerte aun para poder comenzar.

–¡POR EL AMOR DE DIOS, DEJEN LA BULLA, QUE VAN A DESPERTAR A LOS MUERTOS!

Aterrada por la desaforada represión clerical, la concurrencia tuvo que guardar calma y limitarse a contestar las consabidas oraciones con obediencia escolar. A partir de ese momento, el silencio sólo pudo ser derrotado por el susurro incomprensible del alcalde Aquilino Román, quien, a causa de su propia maldad, yacía enterrado vivo desde hacía pocas horas, y aún con signos vitales, a poco menos de medio metro de profundidad, justo bajo sus pies. Hubo, entonces, quién, en medio del espanto, se aventuró a murmurar que los demás difuntos se habían asustado por su apariencia vudú.

–¡OIGAN NO MÁS! –graznó la loca Margarita, interrumpiendo una vez más el oficio–. ¿Qué será lo que se la pasan haciendo allá abajo los finados, que el padrecito ya está confesando pecados?

En aquel instante, y contrariamente a la disposición de no quejarse demasiado fuerte, las personas volvieron a la gritería, a una gritería más fuerte aun; incluso yo mismo dejé salir un berrido de animal, que tardó varios segundos en desvanecerse.

Era algo natural en mí gritar por todo, especialmente cuando me sentía solo. Muchos creían, entonces, que me gustaba llamar la atención, sin suponer que le tenía miedo a la soledad. A continuación del grito, y durante muchos episodios similares en esa época, volví a sentirme en otro contexto en un mismo momento.

–¿Está bien, mijito? –me preguntó a lo lejos una anciana solitaria, que le arrancaba la maleza a una tumba blanquecina–. ¿Quiere que busque a su mamá?, no es bueno que un niño como usted ande por ahí suelto en la soledad de este cementerio.

La verdad era que no podía concebirse una ocasión más propicia para hacerlo, había que llorar y llorar fuerte. Sin embargo, esta vez el padre no volvió a reprender a nadie, porque los gritos de dolor eran de corazón, y no como los de las plañideras profesionales, que para ganar mejor procuraban quebrar lápidas con sus lamentos exagerados.

En menos de una hora, sus restos fueron inhumados en una de las tumbas laterales, con la tez de archivadores que se reservaba para los muertos importantes. Fue colocado arriba de un mosaico de mojigatas que en vida se creyeran santas y debajo un fraile que murió de viejo, de modo tal, que para encontrarlo bastara con preguntar por las hileras con prerrogativas en el cielo.

El paciente está atravesando por un período de mejoría, de remisión. Puede que pase un buen tiempo sin sintomatología, sin embargo, por su condición de enfermo crónico, sugiero continuar con el tratamiento. La evidencia muestra un tipo de enfermedad mental desconcertante, padece de trastornos que producen desviación en los pensamientos y en la apreciación del mundo real. Sus recuerdos parecen estar mezclados, afectados dramáticamente por la lectura de la literatura contemporánea, sus pensamientos cambian bruscamente de un tema a otro y su percepción distorsionada de la realidad, hace que recuerde cosas que no existieron. Además, el paciente sigue convencido de que los delirios y las alucinaciones son reales y que no necesita tratamiento psiquiátrico…

Día tal, mes tal, año tal.

Pausadamente, se despedía de la concurrencia el doctor Wendel Franz, después de haber restablecido completamente a las mujeres más fervientes en el camposanto y de haberles prescrito un régimen severo de vitaminas, para evitar complicaciones de salud, a quienes prometió visitar de ahí en adelante con alguna frecuencia, para no darle tregua a los males de la congoja, y les advirtió con severidad abstenerse de la carne de gallinazo, pues nada tenía que ver con las mejoras que le atribuían, y en cambio, sí podían caer presas de los estragos de la salmonella. Sus pacientes más queridas sentían un alivio indecible al oírle asegurar que no había peligro alguno de malestares por pena moral, siempre y cuando no se quedaran demasiado tiempo solas. De ahí que acordaron estar más juntas que nunca, mientras trataban de revivir a Inesita Martínez, la esposa del alcalde Román, que convalecía en casa, a causa de alguna maldad improbable en la que de seguro a él se le había ido la mano.

Las señoritas Chinchilla llamaron aparte al padre sustituto y, con más vergüenza que otra cosa, se confesaron. No podían entender cómo tantas coincidencias funestas pudieran darse en tan poco tiempo y, peor aún, que se dieran por culpa suya. Sin embargo, no eran las únicas, pues todo el mundo parecía querer confesarse esa tarde del mismo pecado, uno que llamó el pecado de la bullaranga. El sacerdote oyó tantos reproches de autoculpabilidad por la muerte del padre Ángel María Quintero, que incluso llegó a pensar que en realidad habían confabulado de alguna forma secreta para matarlo a punta de festejo.

En los albores de la noche, y cuando por fin creyó haber terminado de despachar la recua de arrepentidos, una viejita que había aguardado parada encima del montículo parlante, donde vociferaba Aquilino Román sus últimas notas de vida, como si ya estuviera ardiendo en el mismísimo infierno, y que había esperado con paciencia el turno para hacer su confidencia, le llamó aparte, con sigilo.

–Padre, necesito su ayuda –le dijo, con voz tenue.

–Diga no más, hija mía –respondió, extenuado y con algo de tedio, esperando hallar en ella más culpabilidad.

–Es mi nieto.

–¿Qué sucede, no me diga que él también ayudó a matar al padre Quintero?

–No, no. ¿O sí? No sé.

–Por favor, señora –se impacientó.

–Sí, eh, lo que sucede es que está loco, loco por las chocolatinas. No hace más que pelearme por todo y robarme la plata para comprarlas. Por la mañana se levanta temprano, y lo primero que hace es sacarme las monedas del bolso o las de la alcancía con el cuchillo de la mantequilla, y lo peor de todo es que ni siquiera se las come, las bota por ahí… Está loco, ¿verdad? –dijo. Luego hizo una breve pausa y con voz más dulce, añadió–: Pero no se lo vaya a decir a nadie, porque aquí pagan bien por los locos.

El padre clavó su mirada en ella, y en ese momento le llegó el recuerdo austero de un pueblo en donde había sabido de un caso similar.

–Me temo que es El poder del patito –le dijo.

–¿El qué? –preguntó ella, más desconcertada aun.

El patito, como lo oye. Sí, eso es, así que su nieto no es el único loco, aquí deben estar locos todos; empezando por el que se le ocurrió amasar las cenizas del padre Quintero como si fuera un muñeco de plastilina, y él mismo, por andar trepándose donde no debía… En definitiva, este pueblo está jodido.

No tuvieron que meter la llave en ninguna de las cinco cerraduras que tenía el desconfiado portón de su casa, porque en el agite del vino de consagrar lo habían dejado abierto la noche del accidente. Cuando entraron, sintieron que el alma se les iba, que los pasillos callaban como nunca y que la orfandad del padre Ángel María Quintero les daba miedo. La opresión vergonzosa que habían liberado al confesarse volvió a ellas en tribulaciones, cuando se lanzaron miradas entrecruzadas en la intimidad silenciosa y sepulcral de la penumbra, y no fue sino hasta que se dio el milagro de su resurrección mortal, que volvieron a ser las mismas.

La casona de las Chinchilla estaba a la vuelta del parque central, colindaba, por un lado, con la casa cural y, por el otro, con un lote baldío, al que no se le conocía dueño. Era una rareza de la arquitectura pueblerina, cimentada con despilfarro sobre los despojos de una casa colonial, echada abajo por los arrebatos de otros tiempos; no tenía el patio central florecido de las demás casonas, ni tampoco un solar trasero que llenar de perros. La fachada estaba levantada con bloques de ladrillo pelado, que no conocían una gota de barniz desde su construcción. En la acera, enfrente, yacía incrustada una placa de hierro colado, con la forma de escudo masónico matritense, que decía: “Excelentísima Familia Chinchilla”. Nunca la habían mandado levantar, no sólo porque no tenían manera de pagar, sino porque les pareció buena idea que las gentes que pasaran por allí la pisotearan y escupieran, como un desecho de su memoria.

Pese a que en el pasado la casona había sido la más opulenta del pueblo, ahora reflejaba una progresiva desventura que, con mucho cuidado y obstinación, ellas se esmeraban por ocultar comportándose como si nunca hubieran empobrecido. En las habitaciones, sus viejas camas dobles coloniales, con tallas inmaculadas, sus respectivas mesitas de noche, taponadas a mano con goma inglesa, sus tocadores con arabescos en bronce y espejos de tres lunas, y sus caminos de tapetes persas en progresivo despoblado, eran, por demás, lujos excesivos, que sobrevivían gracias al milagro de las apariencias, ya que, a pesar de una extrema necesidad, que las mantenía aguantando hambre desde hacía mucho tiempo, nunca se habían atrevido a ofréceselos a nadie, para no tener que pasar la vergüenza de revelar la ruina. En el comedor se conservaba intacto un antiguo armatoste de roble de ocho puestos, que su padre siempre quiso cambiar, porque tenía todas las patas desparejas, además de un formidable sillón, comprado en los buenos tiempos por el peso de un gato en oro, a un presunto heredero directo del virrey Antonio Amar y Borbón, quien, a decir verdad, nunca tuvo hijos. Había también un estante diseñado para alojar veinte jarrones chinos que fueron arrasados, año tras año y uno por uno, por los vientos revueltos que se despertaban con violencia cada vez que se cumplía un aniversario más de su muerte. En los corredores solitarios de parquet, colgaban esqueléticas y desplumadas las lámparas de bronce y cristales en lágrimas, que alguna vez fueran la envidia de los más pudientes del pueblo. Tan sólo media docena de materas deshojadas por desamor parecían ocupar con gusto tanto lugar vacío. En el sótano, envuelta a su antojo por telarañas aceitosas, la caja fuerte que su difunto padre comprara un cuarto de siglo atrás para amontonar la ruina de sus deudores, ahora tan sólo albergaba dentro de su vientre de hierro dos desportilladas porcelanas italianas, que por la suerte del olvido se habían salvado de la estafa que la gitana Tocaya le propinara a una de ellas, cuando le prometiera marido joven a cambio de reliquias familiares. Los aposentos, que con tener como airearse, se encontraban cocidos en los vahos del bochorno, permanecían sin ser ventilados porque ninguna se aventuraba a abrir los ventanales, temiendo que alguien fuera a revelar su pobreza desde lejos. Los costosos cuadros que alguna vez resplandecieran en lo alto de las paredes, se habían vendido al menudeo en la capital, sin que nadie se diera cuenta, hasta agotar su existencia, venta de la que se libró el antiguo sillón del virrey Amar y Borbón, porque era demasiado grande para pasar desapercibido. Por lo demás, todo permanecía limpio; no obstante, era poco lo de limpiar, no había ratones, cucarachas ni lagartijas como en las demás casas, pero sí algunas arañas grandes, que caminaban sin cuidado por el lugar, porque ninguna tuvo nunca valor para espicharlas. Tal parecía que preferían repartirse la casona para convivir.

Las tres hermanas desfilaron en silencio para ir a escarbar en la cocina, cada cual por su cuenta, con la ilusión pertinaz de encontrar algo sólido que comer. Buscaron en las alacenas que nunca llenaban, en los tarros vacíos de galletas, que permanecían brillantes por dentro, en las canastas desocupadas de cargar el mercado, en los recovecos menos pensados y hasta dentro de la batería de cobre, olla por olla, por si acaso aparecía algún pan insolente que se les hubiera perdido tiempo atrás. Sin embargo, tuvieron que resignarse por enésima vez con despistar sus estómagos con un aguapanela caliente, que venían racionando con rigor, especiada en sazón con el dominguillo de canela bendita que les obsequiara el infortunado padre Ángel María Quintero por esos días, para contribuirles con la decoración navideña.

–Menos mal que las uñas crecen –dijo, en sátira, Marisol, la mayor–, porque a falta de pan, cualquier cosa es buena.

Al cabo de la desventurada cena, fueron a buscar sus mejores lutos, que guardaban con contemplación idílica dentro de un baúl de madera, desde el último novenario. Marisol debió observar la mirada inmóvil de sus hermanas sobre el atavío que les correspondía, mientras se acomodaba, sin desvestirse, uno sobre sí misma. Habían visto que le temblaba la mano de envejecimiento y temieron como nunca, al sentir la inminencia de los años en soledad.

Ya estaban listas para acostarse, cuando les llegó una ráfaga de viento tibio, que arrasó con el vaho rancio que desprendían las bolas de naftalina, sumergidas dentro de las galas fúnebres para espantar la polilla. Entonces, Marisol se apropió del que mejor le iba y salió caminando, conforme a su desaliento, para ver qué ocurría. Dobló la esquina de un cetrino corredor, vacío y silencioso, y se dispuso a cerrar la ventana de una habitación deshabitada, porque el bufar del viento golpeteaba por allá. Se introdujo en medio de la oscuridad, y encontró con el tacto y el reflejo, delineado por las luces de afuera, la ventana, de la misma manera en que había estado desde hacía veintiséis años, cuando habían habilitado un zaguán inhóspito de su inmensa casona, para alojar a los nietos que nunca habrían de darle a su difunto padre: cerrada. De repente, un bulto ensombrecido llamó la atención de su percepción tardía, era un mico tití de Lucio Asprilla, que él mismo había entrenado para que aprovechara el desorden de las festividades navideñas y se entrara a las casas de las familias pudientes, para robarse lo que tuviera apariencia de caro. Estaba tirado por el suelo, arropado con una teja mortífera que le había caído encima, de seguro la pobreza de la casona lo había llevado a tomar una elección mordaz, pues asía con su manito mortecina un pan tieso, que había hallado oportunamente en su ronda delictiva por la cocina. Justo al lado, había una cama doble, donde, por asombroso que pareciera, yacía recostado el padre Ángel María Quintero, con cara de muerto feliz. Marisol volteó aterrada, descubriendo el cuerpo hirsuto del mico ladrón, y luego, aún sin descifrar su pánico y halada por el espectro más grande, alzó la mirada y vio la orla bendita del padre Quintero, a quien hacía tan sólo pocas horas acababan de enterrar en un cajón blanco de niño, porque sus cenizas no habían dado para más. Creyó estar presenciando una alucinación fantasmal, como tantas otras que había contemplado en una vida dura de ganarse el pan a punta de rezar padrenuestros sobre las camas de los convalecientes, pero cuando extendió su mano trémula y encontró la nervadura de sus frunces, la tez sempiterna de su catadura exánime, el hálito ausente de su optimismo inmarcesible, y sintió el pelo marchito, con sus rizos alborotados, entonces comprendió todo como una señal milagrosa, que no podía provenir sino de él.

Ahí estaba: limpio, acomodado, callado. Sin alcanzar a modular ni siquiera un pequeño berrido, se dejó caer de bruces encima del cuerpo inerte del mico ladrón, igual que Aminta, cuando fue a ver qué pasaba con ella, e igual que Casilda, cuando fue a ver qué pasaba con Aminta. Tarde, se despertaron en conjunto, lo miraron con detención, se miraron entre sí y estuvieron a punto de caer de nuevo derrotadas por la impresión. En la madrugada, ya repuestas del síncope, oraron con júbilo, hasta quedar sin aliento; por suerte a bien, ya sabían cómo era eso de tratar de revivir muertos a punta de rosarios, no por nada en menos de un mes de orarle día y noche a Inesita Martínez, ya la tenían balbuciendo pendejadas.

Fue por los tiempos en que no se había dado cuenta que estaba perdidamente enamorada de él en que jugaban a ser amigos, incluso por una época le ayudo a buscar novia con tan mala suerte que le metió en la cama a por lo menos seis de sus mejores enemigas, a las que de paso les hizo el favor no merecido de darles algo de decencia involucrándolas con un hombre como él.  en tanto a José todo le daba igual, un divorcio mal llevado lo había acabado económica y físicamente llevándolo a tal grado de abatimiento que había perdido el apetito por comer y las ganas de trabajar, y era una ulcera sangrienta la que parecía dirigir el destino de sus actos por esos días, atrás había quedado el hombre corpulento que alardeaba de haber noqueado a un caballo para ganar una apuesta de borrachos o el comedor sin freno que podía echarse a la muela al mismo animal sin que siquiera se le notara. Camila lo había conocido por casualidad en una entrevista de trabajo, estaban los dos esperando en una salita desierta con la certeza de que alguno de los dos se iría con las manos vacías, ella le pregunto algo acerca de la revista que estaba leyendo con mucho interés mientras esperaba su turno por ser llamado y él, sin el mas mínimo cuidado por la hecatombe que pudiera causar le propuso matrimonio, lo hizo en broma por que estaba leyendo un articulo acerca de la relación enfermiza que tienen las mujeres con la idea de casarse y fue tal su interés que quiso probar sus estragos con aquella proposición a mansalva ahí mismo. Camila sonrío y fue su fin, una mujer cuando le sonríe a un extraño que le habla por primera vez es tanto así como si le abriera las piernas, o por lo menos eso era lo que le decía continuamente su madre, fue por eso que de inmediato borró la sonrisa y apretó las piernas, una contra la otra, duro como para que no le hiciera nada, fue una situación tan personal y ridícula que volvió a sonreír pero esta vez por causa de ella misma. José no tenia ninguna intención distinta de seguir con su lectura pero aquella situación lo hizo sentir como si hubiera ganado algo, como si hubiera anotado un punto en la eterna lidia que tienen hombres y mujeres por el juego del enamoramiento, eso fue suficiente, un punto valioso que al lado de nada valía igual que mil. Detrás de esa sonrisa a medias estaba un hombre felizmente casado sin ninguna intención de jugar juegos con nadie. Camila, por su parte era sotera, podría decirse que bonita, no muy alta pero dotada con el mejor culo del que se tenga conocimiento, un culo intimidador, razón irónica pues ahuyentaba a los hombres, que se sentían derrotados mucho antes de querer algo con ella, era su don y su maldición, todos hablaban a su espalda, cualquier ejemplo que se quisiera dar tenia que ver con el culo de Camila, que la novia de fulano esta muy bien que tiene haga de cuenta casi como el culo de Camila, que como es la esposa de Sutano, que tiene un cuerpo súper lindo, pero tampoco que uno diga  como el culo de Camila, y así un punto de referencia que no servia sino para eso, como la estatua de la libertad o la torre inclinada de Pisa,  maravillas históricas que solo sirven para contemplar desde lejos. Camila había llegado primero y por tanto todo el tiempo había estado sentada, entonces un deseo incontenible que la llamaran a la entrevista se le vino con tanta fuerza que por un momento se conformó  con solo recibir eso a cambio de haber ido, no importaba que estuviera esperando por esa posición desde hacia meses o que todo el resultado de cinco anos de universidad se le esfumaran con tal de que aquel extraño, que leía con tanto entusiasmo una revista, se diera cuenta que ella tenia el culo como el de Camila por que en efecto ella era Camila misma y que para rematarlo lo iba a sacar un poco mas con ese caminado de pato con que enloquecía el trafico cada vez que se le daba la gana. Camila Suárez -se oyó- Camila Suárez por favor puede seguir – repitió la voz senil que venia desde la oficina. José levanto la cabeza desde su lectura, le deseó buena suerte y la bajó  de inmediato sin perder el hilo de lo que iba leyendo. Camila no supo que hacer ante tanta indiferencia, vaciló  un instante para darle una segunda oportunidad de levantar la mirada pero fue inútil el hombre seguía ido. No fue sino hasta que estuvo de vuelta que él le volvió a hablar -cómo estuvo- le preguntó, la respuesta era evidente, una lagrima que rodó descuidada por su mejilla lo dijo todo, la razón era sencilla, así como ese culo enloquecía a los hombres, con esa misma intensidad despertaba envidia y odio en las mujeres y esta vez le había tocado una de ellas, muy amable desde que se asomó en la puerta, incluso bromista, la demora fue que se pusiera de medio lado para tomar asiento para que le encontrara los peores defectos. Sin embargo no se ha de culpar a la pobre entrevistadora, después de casi cinco años buscando marido en aquella oficina de yupis por fin uno de ellos parecía haberle prestado atención, un culo de ese calibre por ahí dando vueltas solo serviría para hacerle la vida infeliz. -Muy bien todo pero la verdad usted esta sobrecalificada inlecultualmente- le dijo. Hubiera sido mejor que le dijera que estaba sobreculada físicamente, al menos hubiera sido más sincera. José se sintió mal, por un momento le recordó a su hermana menor y entonces le prometió un café una vez su entrevista pasara, a la cual lo estaban ya llamando, ella contrariada le dijo que si y más contrariada aun le repitió que si, que si, que si se casaba con él.

kalimanEsta historia le parecera injusta a aquellos que todavia viven en colombia, o mejor dicho a aquellos que todavia viven colombianisados, no, mejor aun, latinoamericanizados, a quellos que todavia creen en la revolucion del Che Guevara o en la cultura de la pobreza del Chavo del Ocho. Mejor dicho a gente como yo, si, porque personalmente soy uno de ellos, al Che lo admiro, no tanto por su leyenda de guerrero asmatico e invatible con motocicleta destartalada y boina caida tipo che (lujo por antonomasia) como porque despues de cuarenta años de muerto todavia sigue vendiendo camisetas y llaveros entre adolecntes soñadores y mariguaneros empedernidos, cosa imposible incluso para renombrados difuntos tales como el papa Juan Pablo II o Fidel Castro, quienes practicamente estan recien despachados para el averno, por que fidel en efecto ya lo esta, lo que pasa es que aun no se ha dado cuenta. El Chavo es cuento aparte, lo admiro por vivir en un barril y soñar con tortas de jamon cuando a mi ya no me saben a nada, por ser siempre un niño y porque a pesar de que Quico y ñoño lo menospresian por pobre el, y solo el, era el unico que tenia trabajo, en efecto vendia aguas de tamarindo que sabian a limon pero lucian como naranja ademas de lo que quiera que hiciese en el restaurante de doña Florinda pese a que capitulo tras capitulo lo volviera mierda y espantara la poca clientela que concurria por andar corriendole a las rabietas de don ramon, que no se que diablos iba a hacer por alla porque cliente no era y a trabajar lo dudo. admiro al Chavo por que estoy seguro que mas de una vez se corono a la Chilindrina y hasta la Popis con todo y sus infulas en la incomodidad de su barril, sino las dos al mismo tiempo cuando se iban a comerciales, yo, fui incapaz de hacerlo en un renoult 4 que es tecnicamente mas espacioso. Es por eso que el halloween pasado rendi tributo a su memoria y me difrace de el, ya lo habia hecho antes pero en colombia y mi novia de entonces hizo lo propio pero de Chilindrina, lo cosa era sencillla: pantalon viejo recortado a la altura de las rodillas, camiseta mas vieja aun con uno que otro huequito, que uno siempre agrandaba de adrede para simular una pobreza todavia mayor, botas respadas en la punta y por supuesto gorra ecuatoriana que sin ella facilmente podria pasar del Chavo a un gamin cualquiera. Para mi novia lo de la Chilindrina era mucho mas facil, de por si era gafufa y pecosa entonces no era mucho lo de añadir, en la noche a pedir dulces, tomar trago y mas tarde a consumar lo que nunca se vio tras el barril. Era tal nuestra emosion por personalizarlo que nos aprendimos incluso algunas de sus lineas, fue entonces cuando caimos en la cuenta que los parlamentos se repetian sin sesar en un capitulo y en otro y la convinacion de ellos no era otra cosa que una formula matematica magistralmente consevida para hacer reir, para hacer reir y embrutecer. Si es cierto, tengo un primo que sobrevivio al alcohol, a la adicion a las drogas, a la dependencia de los videojuegos y hasta a un accidente en moto sin casco y aun asi saco dos carreras universitarias estando becado y no fue sino hasta cuando paso su dedicacion al Chavo del Ocho que quedo ente bobo y loco, ahora le habla a las paredes y de vez en cuando le dan chiripiorcas. Que cuando el señor Barriga entra a la vecindad el Chavo tiene que pegarle de alguna manera, uno mas uno igual dos, que cuando Quico y Chavo alegan y don Ramon se acerca para ver que pasa de repente algo sucede y Quico se pone a llorar y casualmete doña Florinda se percata y le da una cachetada injusta, uno mas dos tres, que cuando don Ramon recibe la cachetada Quico lo ofende mentandole a su abuela y se va dejando al Chavo con la incognita acerca de lo que quiera que hacia su abuela por lo que se acarrea un coscorron mas injusto aun por parte de don Ramon, uno mas tres son cuatro, y asi, sume divida y multiplique esa clase de equaciones y encontrara que el Chavo es un juego de numeros que van y vienen pero que siempre llevan a la misma parte. Pero no es el unico, hay otros que utilizan el mismo algoritmo pero para crear angustia, drama y no se que otas cosas que producen las telenovelas y es tan buena la formula que ya ni se toman la molestia de complicarla, igual vende, es como cuando estabamos en primaria y nos preeguntaban las tablas de multiplicar y por dentro haciamos fuerza para que fueran la del dos o la del uno, o porque no la del cinco, eso si menos la del siete (siete por ocho) eh…………eh…….cincuenta y algo. Para el halloween anterior tuve la desenfrenada determinacion de evocar mis tiempos de Chavo y me aventure en las calles de London con mi atuendo mejor, un Chavo en toda su salsa, la cosa estuvo bien hasta que sali de la casa, pareciese como si aca nadie hubiera tenido infancia, por lo menos no la mia, pues nadie me reconocio ni celebro mi atuendo y terminaron por aceptar mi disparate como un atentado por parecer un limosnero, al final opte por aceptar mi intencion de serlo ante tanta indiferencia y tanta explicadera, por suerte a bien aca a esos tampoco los conocen muy bien. No contento con la derrota me acerque a un bar frecuentado por jovenes hispanos para ver si al fin conseguia que aguien alabara mi originalidad con tan mala fortuna que la mayoria sabia del Chavo pero por referencia de sus padres y fue una nina de no mas de diesinueve años la que me acabo el halloween de un solo tajo -No pues se le chipoteo. Dijo. y entonces todos se rieron, pero no de la formula matematica magistralemete consebida pora hacer reir sino de ver a un viejo guevon con los patalones en la rodilla disque dando saltitos sas, sas, sas para que adivinaran el personaje, no este año, la chimba, me disfrazo de Kaliman.

vendedor de loteriaDespués de no sé cuanto tiempo le he vuelto a escribir a mis amigos desconocidos y le he dado de que hablar a mis enemigos ocultos, pues me precio de no tener ninguno que yo sepa. El motivo del descuido no ha sido otro que el trabajo, maldición de Zeus. En tiempos remotos los hombres y mujeres vivíamos libres, teníamos por alfombra las flores y el pasto y por techo el cielo y las estrellas, no teníamos que trabajar ni protegernos del frío, no había sino que estirar la mano para alcanzar los frutos que habíamos de comer, miles de ellos, nadie era mas rico que nadie y la envidia no existía, no había tormentas ni peligros, eran tiempos de Titanes. No fue sino hasta que uno de ellos Saturno tuvo un hijo llamado Júpiter o Zeus que todo fue desdicha. Luego vinieron las enfermedades y la peste, gracias a Zeus, también, quien las envió por encomienda al hermano de Prometeo el gran héroe Titán quien tratara de salvar la humanidad, dentro de un cofre que la Hermosa pero curiosa Pandora, mujer labrada en fuego y dotada de dones, abrió aun siendo advertida desatando nuestra desdicha. Esta bella historia explica porque debemos trabajar y porque el mundo esta vuelto mierda, es muy larga y entretenida, llena de personajes sublimes como los Titanes y Devastadores como Zeus o su hermano Vulcano. A mi personalmente me gusta más que la del paraíso, que es un poco aburridora. En fin, escribo por que me gusta, así como el pintor pinta y el músico toca, son cosas que no requieren remuneración para motivar hacerlas y eso no quiere decir que sea buen escritor o pretenda serlo, publico por un antojo de mi propia vanidad y me atengo a criticas que algunas veces publico o a comentarios que siempre vienen bien. No teniendo nada en especial de que escribir, pues ya estoy aburrido de criticar el sistema corrupto de mi país y de burlarme de mi propia idiosincrasia, voy a escribir de lo primero que vea en los comentarios de mi Blog, vamos a ver… si o aquí hay uno bueno, una tal señora Santamaría, muy grosera a propósito, este comentario viene de hace rato y lo borré, por cierto, por que para eso tengo un Blog, que para que?, pues para mandar ya que ni en mi casa lo hago, acá el único de escribe groserías soy yo jueputa, ahh que rico sonó, bueno la gente que me cae bien también puede, al fin y al cabo el mundo es libre, ¿O no?. La verdad me tiene sin cuidado el 98% de lo que se escribe en este comentario menos un pedacito donde dice que el país, mi país: Colombia, esta jodido por gente como yo y hace referencia a un cuento que escribí tiempo atrás donde dije algo acerca de un chancletazo que me pegó mi mama y que me dejó retratatada en sangre la marca de la chancla que dictaba Calzado Restrepo, me dijo entre otras cosas que la culpa de mi bajesa era ante todo provenir del Restrepo. La verdad esto son solo cuentos, escribo lo que escucho, lo que a mi mismo me cuentan. Señora Santamaría ¿ha escuchado hablar usted de la mayéutica? ¿Recuerda quien es Sócrates? Bueno la verdad a mi me encanta la historia Griega y le cuento, aunque usted en su infinita sabiduría ya lo debe saber, que escribo esto para quien no lo sabe: Sócrates fue el hombre mas inteligente de su época, y quizás de todas las épocas, y aun así decía: Yo solo sé que nada sé. No, no era yabadava duuu, ese era Pedro Picapiedra, antiguo también, pero no lo confunda. La cosa es que el hombre más sabio decía eso para que la gente le contara lo que sabia y así palabras menos el se iba nutriendo de la sabiduría ajena, de sus experiencias. Hagan ese ejercicio, por ejemplo si usted es ingeniero mecánico, pregúntele al mecánico o al latonero de su carro, acerca de algo que usted crea saber mas que nadie, hágalo y se sorprenderá, va y de pronto sale de una vez por todas de la duda de cual es la balinera de la chumazera, porque se lo aseguro eso no lo enseñan en la facultad. Pero volvamos al comentario de la chancla del Restrepo, pretender que yo tengo al país como esta porque soy del Restrepo es como pretender decir que yo tengo al país jodido por que soy pobre y trabajador, ahhh yo no se ni porque estoy respondiendo semejante babosada, ahh si porque no tengo más que hacer ya recuerdo. La verdad no soy del Restrepo, al menos el Restrepo es un barrio en la capital de la republica, yo soy de pueblo, montañero mejor dicho, aunque he conocido gente de allá, gente por sobre todo buena. El Restrepo para el que no lo conozca es un barrio al sur de Bogota con todos los problemas que tienen los barrios al sur de las capitales de Colombia, y al norte y al oriente y al occidente, es peligroso en las partes peligrosas y es productivo en sus partes productivos, hay gente que vive allí y levanta familias como la suya o la mía, y hay ladrones esculpidos por el abuso de las drogas o por la falta de empleo, no tan peligrosos como los palacio de Nariño, eso si, también hay mucho comercio, iglesias que velan por la sobrepoblación y colegios y escuelas y parques donde los niños juegan, juegan y se ríen mientras usted los condena por ser de allá y no de acá. Son de allá porque nacieron allá y posiblemente su mundo se reduzca al barrio porque la situación no da para más. Personalmente conozco tres almas de allá, que a propósito no son los culpables de que el país este jodido, uno es un taxista, tiene una esposa que se queda en casa porque no consigue nada más que hacer, y un niño de tres años que nunca ha ido al jardín por que la plata no alcanza, el pobre trabaja duro para alguien más porque su propio taxi se lo robaron hace un año cuando hizo un servicio al norte de la ciudad y le dieron burundanga, no sé supo como porque perdió la memoria, el único pecado que tiene el pobre es que le gusta ir al estadio los domingos a ver jugar al Santa Fe. Otra alma que conozco es un vendedor de lotería, la última vez que lo vi me dijo que había vendido el premio mayor de la Nueve Millonaria y estaba esperando que el ganador fuera a sacarlo de pobre a él también, este tiene tres hijos a los cuales les dio estudio universitario a punta de vender boletos en la avenida Primera de Mayo y de los cuales todos se avergüenzan de él por pobre y harapiento, no ve que ellos ahora son dotores como lo debe ser sumerce también señora Santamaría. La tercera la conocí por casualidad cuando asistía a la Universidad, en la noturna, porque yo, así como estudie en la diurna también lo hice en la noturna, al igual que lo hacen miles de trabajadores allá en el pueblo que quieren echar pa’elante sin que eso signifique que estemos jodiendo al país, ¿o si señora Santamaría? Su nombre me lo reservo y era de allá mismo y era puta, mejor dicho trabajadora sexual, porque en el Restrepo como en los barrios del norte también hay puteaderos, con la diferencia que hay luces de colores en la entrada y no están camuflados en casas de estrato alto donde solo se sabe que llegan políticos pervertidos que buscan lo mismo que la ralea del pueblo pero con discreción. Esta mujer, divina por cierto, nació en un hogar destruido con el ejemplo de una madre que ejercía el oficio para darle de comer a ella y a sus cuatro hermanos y con un padre que solo se aparecía de vez en cuando para violarla o darle una golpiza, fue lo que vio, vivió y aprendió a hacer, ella no tiene jodido el país, yo más bien le echaría la culpa al colegio donde no duro mas de seis meses por que la echaron tan pronto supieron que era una hija de puta cuando los hijosdeputa fueron ellos que no quisieron ayudarla y la condenaron a una profesión que repudia. –No falta el guevon que dice que si hubiera sido mujer seria puta, lo quisiera ver haciéndole las peores porquerías a esos viejos cochinos que se acercan a nosotras porque para eso fue que escogimos este oficio- Comentaba –Si los bonitos no van por allá por que a ellos se los dan gratis. La conocí en un programa de madres solteras que trataban de formar microempresas, la mayoría viene del abandono total, son desplazadas, prostitutas, acaban de purgar penas en la cárcel o acaban de salir de programas de rehabilitación de drogas y alcohol. Todas ellas esperan dignificar su vida, construir un mejor país para ellas y para sus hijos, ver el mundo como nunca lo habían visto, sentirse limpias y sin hambre. ¿Que a que se dedican? Algunas tejen ropa otras fabrican chanclas y zapatos de esos que en la suela dicen Calzado el Restrepo. 

gabriel_garcia_marquez_1El primer amor puede ser el último también, claro si se enamora y luego se muere por cualquier causa, tal cual le sucedió al oprobiado Romeo o al pobre protagonista de la famosa canción Morir de amor de Miguel Bosé que sufre despacio y en silencio sin saber que todo lo que ha dado le llego a tiempo… aunque pensándolo bien, no, este último murió de físico amor, no cuenta. En fin, este primer amor en particular al que me refiero es un amor que sin ser necesariamente el primero primero, literalmente hablando, si produce los mismos efectos devastadores y asombrosos que pueden ser confundidos con los mismos síntomas del enamoramiento, tales como aquellos descritos magistralmente por Gabriel García Márquez en su obra mejor, que lo llevaron a compararlo con la temible enfermedad del cólera: fiebres, espasmos y hasta vómitos. Así pues el primer amor es un estado del amor en si, tan único como el amor a primera vista o como el amor por lastima o como el amor condicionado o como el siempre reprochado amor interesado, que aunque poco ético es amor al fin y al cabo, pues se ama algo, el dinero o la posición social o lo que quiera que hubiese llevado a una persona a juntarse con otra que ni siquiera le inspira querer. En este sentido hace poco me enamoré por primera vez después de mucho tiempo, de viejo y casado, y no fue precisamente de mi esposa, pues a ella la amo con amor de esposo que es una variación más del amor, o degradación para ser un poco más franco, pues se comienza con el amor amor (el de Gabo, recuerdan) y se termina pasando por todas las etapas del amor hasta llegar mansamente al amor por compromiso, que es el amor que se tienen nuestros papitos y por último al amor por costumbre que es el de los lindos abuelitos, que bello ¿cierto?. Recuerdo que cuando murió mi abuelo, por su época de bodas de oro, o sea nada más ni nada menos que cincuenta años con la misma (el mismo perol, le oí decir) todo el mundo apostó a que mi abuelita moriría de pena moral inmediatamente a falta del viejo, que puedo decir de eso acá han pasado como veinte anos y la viejita parece más contenta que nunca, yo creo que es una de las pocas que ha descansado del amor.  El problema que tengo es que la afortunada, y hago énfasis en la palabra afortunada, que no es sino un derivado de fortuna, porque quien es digno de ser amado es beneficiario de todas sus prebendas y beneficios, o quien de ustedes no recuerda un amor de esos tipo primer amor cuando le abrían la puerta o las llamaban para celarlas con el viento por que les acariciaba la piel como decía el poeta Rubén Darío antes de que Willy Colon se llevara los créditos de sus poemas. Todo entonces era ganancia, en otras palabras ser digno de amor era ser el amo y señor, o señora, de quien quiera que se osara a amar. No decían las mamas al ver a sus hijos enamorados. –eso es pura traga. ¡Mentira! No hay nada más puro que amor de jóvenes, ese que no se guarda las lagrimas, ese que enferma, que da cólera. La mujer que me sedujo ni siquiera lo sabe, es más, ni siquiera sabe que existo, y lo peor de todo es que ni siquiera me consta que ella exista también, puede que sea un truco de mi mente que después de viejo me ha jugado una broma para hacerme vivir, porque el amor es vida, también, o sino miren esos pequeños bebecitos que andan en brazos, muchos de ellos están hechos del material que forma el amor. El amor no se toca si no es tocando una manita que se cierra con reflejo cuando uno le pone un dedo en medio, eso es amor, la manita, amor son los ojitos que tratan de poner cuidado a todas esas cosas que no entienden pero para nosotros resultan tan importantes, ¡si! por que aunque no crean nosotros también estamos hechos de amor por eso podemos amar.Me enamore, la vi y me impactó, ya después de adulto hay cosas que llenan más que otras, de niños ni siquiera nos salen las palabras y las relaciones se concretan con pactos casi telepáticos guiados más por nuestros amiguitos de turno que por nosotros mismos, de adultos en cambio las palabras son lo primordial, el saludo es un peón que va adelante uno o dos cuadros, dependiendo del jugador, la respuesta otro peón que viene estratégicamente, dependiendo del adversario, de las intenciones que se tengan: -Hola. –Hola. Responde. -Como estas de linda hoy (alfil adelante con intenciones de mate al pastor) –Gracias, tu también te vez muy bien (camino despejado, dos o tres jugadas de rutina y jaque mate). Desde un principio se saben las intenciones, una mirada, jugar con el cabello, caminar derecho y por que no, sacar el culo, todo cuenta, todo suma. A mi la mujer que me enloquece no me conoce ni me conocerá, al despertar se me olvida como en los cuentos del gran Gabo, por eso estas noches he tenido fiebre, síntomas como de cólera.

perro mordiendose la cola

Hasta mañana…

Hasta mañana entonces mi amor…

aló

¿Sigues ahí?

Si

Cuelga

No, cuelga tú

No, tu primero

No, primero tu

Está bien cuelgo…

¿pero cuál es el afán?

Pues si, hay mucho que decirnos, te quiero

¿En serio?

Si, te quiero

Yo también te quiero, te quiero, te quiero, te quiero

¿En serio me quieres?

Claro que si, mil veces te quiero

Voy a dormir tranquila

Duerme

Hasta mañana

Hasta mañana entonces mi amor

…aló

¿Aló?

¿Aún sigues ahí?

Si

Cuelga

No, cuelga tú

No, tu primero

No, primero tu

Está bien cuelgo…

¿pero cuál es el afán?

Pues si, hay mucho que decirnos, te quiero

¿En serio?

Si, te quiero

Yo también te quiero, te quiero, te quiero, te quiero

¿En serio me quieres?

Claro que si, mil veces te quiero

Voy a dormir tranquilo

Duerme

Hasta mañana

Hasta mañana entonces mi amor

…aló

¿Sigues ahí…………….?

 Barberia Este término es usado allá, en mi pueblo, para referirse a una ración que va entre el desayuno y el almuerzo o entre el almuerzo y la comida, mal usado, por supuesto, y mal sonado, también. -¡Gilma sirva la pelambre! Gritaba mi mamá, y ahí mismo la pobre revoloteaba por entre la cocina porque mi vieja, casi siempre, andaba de afán. Otros ilustradamente lo utilizan casi todo el tiempo como adjetivo para calificar su situación económica predominante -¿Vamos a bailotear esta noche? Pregunta uno cualquiera. –No creo con esta Pelambre. Contesta el otro fulano dando a entender, de tajo, que no hay ni para comprar un tinto, porque déjenme aclarar que una cosa es estar pelado y otra andar en la Pelambre. En fin, otros más capciosos han descubierto el punto de equilibrio para ubicar esta palabra en la jerigonza de allá, de mi pueblo, y dado que lo ultimo que uno siente cuando tiene billete es hambre, han llegado a la conclusión que Pelambre es estar pelado y además con hambre, como quien dice que no hay más jodido que el que anda en la Purísima Pelambre que es a su vez la potencia máxima de la Pelambre. No obstante la famosa palabrita “Pelambre” que traigo a colación no es ni lo uno ni lo otro sino una lógica y simple guedeja, greña, crin, melena, tupé o cabello, como quien dice la cabellera, fácil, cierto. Bueno la cosa reza más o menos así: se le denomina a cada uno de los pelos que nacen en la piel, o sea a las formaciones tegumentarias que protegen la epidermis de los mamíferos y aunque su función primordial radica en evitar la perdida del calor corporal, el hombre desde la invención de las herramientas filosas ha tratado de moldearla de acorde con las tendencias ideológicas, filosóficas, religiosas, culturales y sexuales de la época, dándole especialmente un estilo a cada cabeza de acuerdo con su forma intima de pensar y actuar. Es así como el cabello ha hecho famosos a grandes personajes en la historia, en la mitología y en la ciencia ficción, tales como  Jesucristo, Sansón, o Medusa, la reina Gorgona. Y pese a que podría extenderme a todas las conglomeraciones de pelo con que contamos, puntos cruciales tales como las cejas, las axilas o los genitales por no citar la nariz o las orejas, comúnmente muy desaseadas por cierto, me concentraré en aquello que ha llamado mi atención por estos días: la cabeza. Porque, aunque sólo escribiendo sobre las axilas bastaría para colmar este articulo, prefiero evitar herir susceptibilidades e ir a lo que vine, ya que hay a quienes hablar de eso es como hablarles de la mismísima pecueca, y antes de terminar el cometario que se vaya a bien hacer ya están con cara de comer limón agrio y pensando en la muy desacreditada y despreciable chucha, que no es otra cosa distinta que el animalito cebolludo que anida ahí debajo del brazo de quienes se la llevan mal con el agua y el jabón. Sólo por eso no escribiré sobre francesas bonitas de cuerpos delirantes pero con sobacos peludos o de árabes enigmáticos con Ferraris y turbantes de seda pero con golpe de ala. Ayer precisamente me encontré de frente con una pareja sin par, él con cabello largo, liso, alisado a punta de secador, a mi manera de ver y ella en un anti-paradigma, con cabello corto tipo “Chuler” del ejercito; al doblar la esquina otra con pelo verde y al lado una más con una combinación de entre lila y rojo en una enredadera que no se sabía ni que era; no alcance a salir de mi asombro cuando, oh sorpresa, un calvo con la cabeza completamente tatuada, por tatuaje una mujer desparramada, calva y desnuda que lucia su único y último asomo de pelo en la parte que le correspondía a la cuca, que cosa más vulgar, pensé. Por la acera de enfrente una abuelita punquera, si una abuelita, con su engendrito de nieto luciendo el punk también. Que bueno que mi propia abuelita no vivió para ver esto, de seguro lo hubiera descrito con su sentencia más acertada: Esos son cosas del demonio. Recuerdo que mi papá me dejó de hablar por una semana cuando volví de la capital porque llegué con el cabello largo, a él, que siempre eligió para mi el peinado de tutuma y solo vino a cambiármelo por el de Ramoncito, el de Dejémonos de Vainas, cuando cumplí los catorce, la cosa no le hizo ni poquita gracia. La verdad nunca quise llevarle la contraria, pues el corte que llevaba no era otro que el mismo de siempre pero un poco más largo a razón de la falta de dinero con que costear el servicio -¿Se volvió mariguanero o qué? Fue lo que me dijo, y sin darme tiempo de explicaciones me llevó a donde don Ricario Beltrán, un viejo barrigón y medio amanerado que ostentaba en la puerta de su local la orgullosa placa en hierro colado “Barbero profesional” como un titulo nobiliario. Nunca olvidaré a que huele la piedra lumbre y a que sabe, pues no me quedé con la gana y un día le pasé la lengua como el que prueba algo caliente, tampoco que el corte era enteramente hecho con tijera, mucho menos que el viejo tenia lista y a la mano una botella de Menticol para cada vez que se apuntaba con una cortada, de ahí que comenzaron a llamarle torero, porque en una buena tarde se hacia hasta con dos orejas. Lo bueno de todo esto es que ahora yo mismo me corto el pelo, hago cualquier cosa para evitar el gasto del salón y por supuesto para evitar el Ramoncito de otrora, si por alguna circunstancia me tranquilo digo simplemente que es uno de esos cortes… de moda.

 

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Por estos días, cuando me disponía a entrar al apartamento de mi mamá, una niña que vive enfrente de ella se me acercó para pedirme el favor de timbrarle en su propio apartamento porque no alcanzaba, yo sin mediar palabra hice lo solicitado y me fui. Desde adentro logré escuchar a su madre preguntarle como había conseguido alcanzar el citófono, a lo que la pequeña le contestó: -fue un cucho que me ayudó. Realmente me hizo mucha gracia puesto que nunca nadie me había llamado de esa manera, o por lo menos no lo había escuchado; la verdad no le presté mucha atención y preferí acomodarme para tomar la deliciosa sopa de Campells que mi vieja prepara con las latas del Salvation Armi. Fue en el momento en que degustaba esa delicia en que apareció mi primito y ensordeció mis oídos con la estruendosa música de un no sé qué rapero gringo de moda; recuerdo muy bien que me levanté de la mesa y apagué el equipo de sonido al mismo tiempo que lo regañaba. Mi madre que es defensora por naturaleza me trató de tranquilizar arguyendo que no le pusiera cuidado que eso eran cosas de jóvenes. No sé si lo que dijo me intranquilizó o me hirió profundamente, -¿Es que acaso yo no soy joven? Respondí -y no por eso detesto la sopa o escucho la radio a todo volumen. Esa tarde no se volvió a hablar del tema, yo simplemente me dispuse a ver mi programa favorito de televisión (que bueno que todavía lo transmitan por un canal de los que me entran por el Dish del Chino) estando allí volví a ver al mocoso, este arremetió contra mi burlándose de los Ducks of Hazard que era el programa que veía. Yo muy educadamente le comenté que la espectacularidad de este radicaba en la potencia del General Lee, el automóvil que conducían los protagonistas, un precioso ejemplar de Dodge Charger color naranja; a lo que él contesto en medio de la explicación –Yo siempre pensé que eras un viejo obsoleto, pero nunca imaginé que tanto, incluso creí que te descrestabas con el auto fantástico, pero no, está visto que prefieres una cafetera de los setentas.Era demasiado, me había ofendido en lo más profundo de mi ego, era mejor demostrarle de una vez por todas que podía ser más joven que él, y fue por eso, por inspiración divina (valga la aclaración) que decidí pactar una apuesta de honor, así le demostraría de una vez por todas quien era más obsoleto de los dos. Por un momento pensé que se echaría para atrás, pero el muy arrogante se mostró interesado. Al rato arreglamos el reto de esta manera: el perdedor haría lo que el ganador deseara, punto. La apuesta consistía en una serie de pruebas exclusivas del imperio juvenil sin límite de cantidad pero con un tope de tiempo que no podría pasar las horas decentes de irse a dormir.El primer reto fue en Play Station, 2 (por supuesto porque para el 3 no alcanza). A decir verdad mi memoria ludópata se había quedado estancada en la primera versión del Atari 1600 con un Pac Man desganado y unos marcianitos que daban pena. Sin embargo la pelea fue dura y lo digo así por que jugamos diez torneos de Street Fighter en los cuales me apaleó y humilló con las diferentes “fatalitis” que el juego trae escondidas con sus códigos secretos; la verdad ni siquiera aprendí a manejar ese maldito control con sus veinte botones esparcidos por todos lados con claves y combinaciones infernales. Había perdido una batalla pero la guerra continuaba, decidimos entonces irnos a deslizar un porco por Spring Bank, sinceramente ni siquiera pude colocarme los patines por lo que tuvo que ayudarme en medio de risas, hubiera dado mi cheque de Ontario para que nunca lo hubiera hecho, el resultado fue una hora haciendo fila en

la Walking Clinic para que me atendieran las contusiones de las rodillas mientras él no hacia mas que piruetas para provocarme desde la acera de enfrente. Sin duda había corrido con suerte pero mi desquite se acercaba pues la siguiente prueba consistía en un mano a mano de basketball. No sé qué me paso aquel día, recuerdo que yo era un duro para los tres puntos. Al rato el niño me propuso que me retirara dignamente por que de lo contrario me podría dar un ataque cardiaco y eso si que seria vergonzoso de contar. Yo simplemente sonreí (pero sin mostrar los dientes) y no me dejé provocar, pues sin duda esa podía ser parte de una estrategia para descontrolarme y acabar conmigo fácilmente, más fácil aún. Así pasaron tres pruebas más con resultados  parecidos, mejor dicho, estaba jodido, ese chino me seguía ganando y la noche ya se veía venir, entonces tuve que tomar una dolorosa determinación, tenía que hacer trampa si quería ganar. Era injusto para él, lo sé, pero yo no podía aceptar aquellas injurias que me estigmatizaban como viejo sólo porque ese día me encontraba, qué sé yo, frío, si frío, ya saben como es esto en Canadá y yo un mulato caliente del trópico… you know.La siguiente prueba consistía en tiro al blanco, me ofrecí a tirar de primeras, con un excelente 8.5 sobre 10, nada mal, qué nada mal, excelente. Cuando el pequeño fue a disparar me cerciore de entregarle el arma de balines con el cañón un tanto torcido; el resultado un vergonzoso 8.4 sobre 10. Esto me estaba empezando a gustar. Trampa o talento era la única forma de cerrarle la boca al pequeño fanfarrón. Seis a uno iba la competencia, si seguía sumando lograría empatarle a eso de las diez de la noche. El siguiente reto consistía en los cien metros planos, esta vez el primero en arrancar fue él, su tiempo fue contabilizado por un amigo de Wheable que siempre me hace el dos, por supuesto completamente sobornado para que le aumentara unos segunditos de más al correcaminos. Así que, cojo y todo como estaba, volví y gané. En realidad me salió muy costoso el soborno de todos los jueces que empleé esa noche, pero que importa, después de todo para eso están las granjas. Valía la pena cada centavo porque la puntuación se había empatado antes de la hora prevista. Por supuesto luego de la siguiente prueba yo decidiría que era muy tarde para continuar y me alzaría con el invaluable trofeo de la juventud. Para esta última prueba decidí, para que vean lo honesto que soy, que no era necesario recurrir a la trampa porque consistía, irresponsablemente, en dar la vuelta a la manzana en el carro en el menor tiempo posible, yo sabía que el mocoso no sabía manejar, ¡ja! Esta vez comencé yo con un tiempo impecable de 53 segundos y tres stops comidos que ningún policía vio, gracias a Dios. El tiempo era difícil de superar, incluso para alguien experimentado; aquel momento fue regocijante para mi, entonces me dispuse a ver como el muy ignorante trataba de encender el carro, sinceramente no pude contener la risa, este era el desquite que merecía por haberse burlado del “General Lee” abuelo célebre de mi Neoncito. No obstante lo peor que podía suceder sucedió: El pequeño Chuky no, no se accidentó, peor aún, alguien le había enseñado a manejar a mi espalda y el cronometro paró en 51 segundos. Traté de argumentar que el reloj se había dañado pero fue inútil. Había sido demasiado, yo estaba exhausto y humillado, y él por el contrario se veía como nuevo, decidí entonces enfrentar la derrota y le pregunté que quería como paga a lo que me contestó de inmediato: -lo único que quiero es que deje de decirle a los extraños que yo soy su primo ¡ah! Y que madure de una vez por todas PAPA.

 

colombiaPreguntarse quien merece estar acá es como preguntarse quien merece vivir o quien merece ganarse la lotería, sin que estar acá signifique el premio mayor, como muchos piensan. Este país es como cualquier otro pero con la ventaja de unos grados de civilización que lo hacen más vivible. Sin embargo para un colombiano o un latinoamericano o mejor dicho para un tercermundista la idea de vivir acá no es un antojo, muy pocos pusieron el dedo en el mapamundi y seleccionaron a Canadá por sus hermosas ciudades, o su nieve tipo Ice Cream, ¡No! para la mayoría de nosotros fue tan solo la suerte de salir de allá y punto, así como nos vamos para España a tener nuevos españolitos o nos vamos para Australia a tener australianitos o para donde sea que nos dejen reproducir porque de Colombia no queremos sino saber de las cosas buenas: que si el tamalito, el bocadillito, el Vallenatico, la cuajadita, el arrozito con coco, el Cúcuta campeón y la ropita, porque pa’que la ropa de allá si que dura. Que levante la mano el que no haya sido victima de la violencia, al que no le hayan matado a un ser querido o no haya sido victima directa de un secuestro, un robo o un atropello por parte de un funcionario publico, porque déjenme decirles que esos también son peligrosos, díganme si no cada vez que escuchaban que fulanito o zutanito eran del F2, la PTJ o de
la Dijin no se les ponían los pelos de punta porque de ellos se puede esperar lo peor, y eran de los buenos, ahora imagínense la tensión que producen los malos. Allá, abajo, entre todo ese montón de plátano, café, flores y coca todavía quedan como cuarenta y pico de millones que todavía no se han podido ir, y solo contando mi país, por que allá muchos de los que no se van es porque no pueden, no porque no quieran, y los que estamos acá o en Mongolia o en Albania no nos debemos sentir culpables por los que se quedan, lastima es lo que nos da y por eso mandamos plata en remesas, porque pobrecitos, y menos mal que mandamos o de lo contrario ese país de tratados comerciales suicidas se estaría muriendo de física hambre, lo de la coca y el petróleo se lo reparten entre unos pocos y el resto simplemente no da. Por supuesto que hay miles que sufren peores atrocidades que las que yo sufrí, no ven que yo era afortunado, al menos en mi casa no había violencia domestica y solo me tocaba sentirla cuando abría la puerta de la calle y me iba pa’fuera, como los toros cuando salen al ruedo, -De ahí pa’lla ya no lo cuido. Me dijo una vez mi mamá. Pobrecita ella, con cuatro hijos no volvió a dormir bien desde que parió el primero y solo se le mejoró el sueño desde que comenzamos a salir del país porque es una convencida de que nada puede ser peor que estar allá. A mi abuela en cambio se le vino a dañar el sueño fue de vieja, más de 80 años llevaba en la finca y nunca la habían jodido, como no tenia plata,  por hay pasaron todas las épocas de a violencia política que se conozcan, ese cuento de época de la violencia es una redundancia cronológica en la que todavía erramos, si desde antes de la abuela de su abuela la había y después del nieto de sus nietos la abrá según los sociólogos, por eso nos vamos. A la pobre un tal comandante Bernardo la reunió, a la brava, con el resto de la vereda en su finca para amedrentarlos para que fueran a votar, comándate del ejército o de los paramilitares, no se supo, como se visten igualitos y al parecer responden a los mismos intereses. En 60 años no la habían jodido, que es lo que hace que tiene cedula. No obstante la vieja sacó su celular (si, celular por que abajo en el pueblo todos tienen celular, lo que no tienen es minutos) y se dispuso a llamar, ¿Pero a quien? ¿A Uribe?, ¿Al presidente? ¿Para darle quejas que la estaban obligando a votar por él?. Eso también es violencia, de eso también huimos, sin embargo la pobre sigue allá, aguardando en vilo a que otro más hambriento vaya a joderle la vida. Para acá no se viene, ella no sabe donde queda Canadá, cuando mucho Olanda, sin H, que es la finca de don Prospero Arenas y queda surcando la quebrada que antes era el rió Pienta, por allá donde se dan los plátanos que parten el palo de lo pesados cuando se viene la cosecha. El otro día viendo el noticiero (vicio maldito que alimenta la extorsión) vi como un general sacaba una hoja de papel arrugado y comenzaba a leer los resultados de la matanza del día enfrente de un puñado de madres harapientas. Ahí, frente a las cámaras, sin siquiera tomarlas de las manos, sin ayuda profesional, sin vaselinita, iba dando los nombres en orden alfabético de los jóvenes caídos en combate y a los cuales les tenían sus cuerpos desmembrados arrumados como bultos de papa a su espalda en bolsas negras un poco más gruesitas que las de la basura. A cada nombre que decía una madre caía de rodillas con el alma destrozada como si sus palabras fueran más bien fogonazos de artillería. Que soldado José Gómez, se oía un lamento, un crujido del corazón, que dragoniante Manuel Gutierrez, otro quejido, que soldado profesional Mauricio Jiménez otro más, y entonces cuando doña Ester viuda de Hernández caía de rodillas pero para darle gracias a su diosito de Monserrate por que su hijo empezaba con H y ya iban en la J el general rectificó que Abelardo Hernández también, que disculpen que es que no trajo las gafas y se lo saltó. Por eso también estamos acá. ¿Tiene usted hijos señora? Los únicos que no quieren refugiarse, huir son los dueños de abajo, políticos con camionetas llenas de escoltas, militares que viven de la guerra, guerrilleros sin ideales y sin alma, paramilitares sin nada, por que de todos los males ellos son lo peor, lo peor de lo peor por que al menos los otros representan o representaban algo. Abajo la honradez, no da pa’enriquecerse, la riqueza la dan los puestos públicos, los contratos amañados. El mundo es de los vivos y el cielo de los muertos, pero no de todo los muertos, solo de los que diezman, de los que mantienen al obispo. No hay que dar sin que nos den, las reformas pa’qué si eso es pa’los que están jodidos. No hay que soltar el escunchadero, máxime si ya se fue congresista, si no se tiene otro mejor preparado, como si se estuviera escalando, porque sino el golpe es hijueputa. A los inferiores hay que humillarlos y a los superiores lamberles, y cuando ellos caigan, no hay que darles mucho la espalda hasta estar seguro que del hueco no van a salir, y si es que se está seguro que abajo se quedan entonces a olvidarse de ellos, así como los demás lo harán con uno. Entonces pa’arriba, y mientras más arriba estés mira más pa’abajo a los que te rodean, a los que sean menos que tu, pero con los de tu misma altura festeja, se el mejor de sus amigos, se incondicional, hazlos reír. Para que haya un penthouse tiene que haber primeros pisos, llevando todo el peso, todo el bulto. Adula a los poderosos, llora con los victimas, mientras eso sirva, pero por detrás trata se sacarles el poco jugo que les quede, abraza a la viuda mientras te vean y mientras no mándala que se vaya a la mierda con su berriadera. Promete el cielo y la tierra, como a una virgen cuando se enamora de ti, promete tu vida misma, júrale amor a tu patria a tu madre pero tan pronto te den dos pesos por ella recíbelos y échale la culpa al primero, al más guevón. Así es la cosa, eso es solo parte de la cartilla política o se creyeron el cuento de caperucita. Si ese no les gustó ahí les va otro mejor el Referéndum de Uribe jajaja. Allá el que está bien está expuesto a todo, máxime si se ríe y es buen mozo, en Colombia la envidia mata más que las balas. Sin embargo los pobres, los que no valemos nada, somos soñadores e ilusos por eso cada cuatro años volvemos y votamos esperando lo mejor. Elegimos uno tras otro, decepción tras decepción, desde los presidentes de las Provincias Unidas de Nueva Granada, a los presidentes de la Gran Colombia, desde los presidentes de la Nueva Granada, hasta los presidentes de la Confederación Granadina, desde los presidentes de los Estados Unidos de Colombia, hasta la República de Colombia, y así, desde el eminentísimo José Miguel Pey hasta el ilustrísimo Alvaro Uribe y luego Uribe y Uribe etc, por que va pa’largo. Este articulo no se lo dedico a la persona que me escribe para amenázame (rara maña de Colombianos en el exterior) sino a mi amigo Antonio, que se levanta a la misma hora que yo todos los días, y más temprano si les digo, porque a mi me da pereza bañarme en la mañana, y entra a trabajar conmigo antes de las seis, a las dos y media, la hora que todos salimos, se queda por lo menos dos horas más, entonces se va a entrenar con su hijo, luego a casa a jugar con su hija de tres años y más tarde se vuelve a otro trabajo que tiene en la noche, todos los días como un reloj suizo, que digo suizo si es venezolano. Al él no lo debo culpar porque en Caracas hay, a pesar de lo que diga Chavez, miseria y violencia, él encontró la oportunidad para su familia y la tomó y está acá y está feliz, le tomó casi siete años hacerse a la residencia de este país, así como a mi me tomo menos de dos y a mis amigos que viven en USA les tomara el resto de la vida y no lo conseguirán nunca por que están allá y no acá. Estamos en la vida y tomamos lo que nos conviene punto y a la fulana que me molesta le cuento que casi la mitad de la gente de esta ciudad sabe donde vivo y que por escribir este articulo no recibo nada, a veces las gracias.

marihuanaEn la vida he sufrido muchas decepciones por no decir injusticias, y quién no, pero hay una en especial que siempre me viene a la mente por estos días. Me sucedió toda la vida y me sigue sucediendo todavía, creo. Una mañana de agosto mi tía llamó a mi mamá para quejarse de manera alterada, sus palabras fueron textualmente: -Espero que este contenta con el engendro que ha creado, encontré a mi Ivancito fumando en su habitación. Mi vieja aunque desconcertada, debido a la extraña relación entre los desenfrenos de mi primo y yo, que vivía a 700 Km. de distancia y al que no veía sino en vacaciones, de todas maneras aceptó la que debió ser su sugerencia y me dio tres chancletazos por si las moscas (hagan la visualización de una chancha de caucho café con la forma de una herradura en lo que corresponde al tacón) A ninguno de mis amigos a quienes les mostré las marcas les quedó la menor duda que había sido pateado por un caballo y solo comenzaron a sospechar de la horma de la chancla hasta dos meses después cuando mi tía volvió a llamar para quejarse que había encontrado a Ivancito haciéndose la paja en el baño y mi mamá me dio tan duro que entre marca y marca quedó el numero de su talla: 38 y un letrerito legible que decía: Lo Mejor del Restrepo Calzado El Sol. La razón de las azotainas y la desconfianza de mi tía las vine a descubrir tiempo después, de adulto, por la época en que mi vieja ya me pegaba cuando tenía la certeza de que había hecho algo. La historia es simple e incomoda de contar: bueno tenia trece años en ese entonces y me dio por creerme profeta, si eso es, simple pero cierto. El problema fue que era un profeta idiota al que nunca se le ocurrió coger un libro y aprender a decir Nostradamus en lugar de Nos Trabamos. Un buen día, estando de vacaciones, mi querida tía me escuchó convidar a Ivancito a trabarnos en la azotea de su casa o mejor dicho a que jugáramos a ser Nostradamus. Ah que injusticia aquella, sin embargo no guardo ningún rencor y aunque ella todavía no me habla Ivancito, que ahora es Ivan el terrible, si. Nunca supe si fue por la carencia de astrolabios, varillas de virtudes o espejos mágicos pero ninguno de mis oráculos acertó, ni acertará, creo, pues solo basta con que lo exprese para que no caiga o que me percate de eso antes de profetizarlo para que de inmediato mi primera impresión se cumpla cuando ya lo he descartado. En fin, para que no se ganen ningún problema con alguna tía mojigata, (Si, si Ivancito con el tiempo se volvió maricón) les cuento: Nostradamus nació con el siglo XVI, nieto de Jean de Saint-Remy y Pierre de Notredame, médicos personales del rey Renato de Francia quienes le inculcaron el placer por la lectura, los idiomas y la ciencia. Cursó estudios de medicina en Montpellier donde exactamente 482 años después iría a jugar Carlos el Pibe Valderrama como medio campista, sin que eso aparezca en la historia como profecía suya. Cuando llegó a la Francia Renacentista el azote de la peste bubónica arrastró con miles de personas entre los que se incluiría a su propia esposa e hijos, esto hizo que se sumergiera en una amargura difícil de superar y se concentrara cada vez más en su práctica adivinatoria. Con el tiempo se convierte en un hombre temido y odiado a raíz de la publicación en diez volúmenes de Las Centurias, libros en los que cuenta los resultados de sus visiones proféticas. Algunos dicen que este libro es la tarea de un genio, otros, como mi difunta abuela, dicen que no es otra que la obra de Satanás. Muchos de sus colegas médicos le señalaron de embaucador y ni siquiera los filósofos de su época supieron como entender sus embrollados oráculos. Aunque se le atribuyen aciertos como La revolución francesa, la llegada al poder de Napoleón, el holocausto de Hitler, el fascismo de Mussolini, la eterna dictadura de Franco, las bombas atómicas, la muerte de Kennedy, creo que las tetas de silicona, el Ipod y hasta el cuento del Papa Negro que tanto me ha sacado la piedra, pues esperé como veinte años para que el viejito de Juan Pablo II estirara la pata y cuando estaba listo para ver el anticristo de una vez por todas, resulta con que me salen que es una metáfora y que es el Papa Negro pero negro de corazón, ¡No me jodan!. Nostradamus murió el año 1566, a consecuencia de una hidropesía, que según dicen los médicos es el derrame o acumulación anormal del líquido seroso en una cavidad del organismo o en el tejido celular que se manifiesta con fiebre, anemia y diarrea, óigase bien Diarrera como quien dice que pudo haber sido de tanto hablar mierda. En fin, el hombre que había vaticinado tantos acontecimientos venideros, también lo hizo con su propia muerte, aunque no me consta. Como buen escéptico que soy creo que su reputación como profeta ha sido fundada por intérpretes contemporáneos que calzan sus palabras con acontecimientos que ya han pasado o que son tan fáciles de que sucedan que sencillamente se hacen inevitables. Seria como si yo mismo predijera que Colombia algún día va a ganar el mundial de fútbol, aunque pensándolo bien mejor no lo digo por que va y sale al revés, pero como ya dije que me retractaba entonces si va a funcionar, aunque ¿la regla de lo invertido puede funcionar sobre una predicción retractada y negada a la vez? No sé, mejor olvidémoslo, pero eso si, no olviden (música de fondo de película de terror) que de mil pasará pero del dos mil no. No recuerdo si eso lo dijo el Apocalipsis, mi abuelita difunta o Pacheco cuando vendía la lotería de la Cruz Roja Colombiana, por los mismos quinientos pesitos.

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